Los simulacros de que ahora hablo se emiten de todos los cuerpos y se dispersan por todas partes; y como los ojos no nos sirven más que para ver, cualquiera cosa á la cual los convertimos solamente nos da la imagen de su propio color y de su propia forma, único medio de conocer los cuerpos á distancia, pues tocan á nuestros ojos las emanaciones que los cuerpos exhalan y de las cuales se llena el espacio: la corriente de esas emanaciones circula por el aire, se desliza junto á los órganos visuales, roza levemente la pupila y sigue su curso. También de ese modo conocemos las distancias que nos separan de las cosas; porque á medida que es mayor la masa de aire movida por las emanaciones al tocar nuestros ojos, más velozmente se aleja y más distante se nos figura el objeto que miramos. Ese movimiento es sumamente rápido, y por esta razón simultáneamente formamos juicio de las cosas y de las distancias á que se encuentran.

Y no debe producir extrañeza el hecho de que los simulacros, si bien formados por pequeñísimas partes invisibles afecten el órgano de la visión y nos permitan percibir las cosas: también sentimos el aire frío, no por la influencia de cada una de sus moléculas componentes, sino por el efecto que nos comunica la totalidad del fluido aéreo. Parecida impresión recibimos por el contacto con cualquier otro cuerpo: si ponemos un dedo sobre una piedra tocaremos de ella un punto de la superficie colorada; pero la representación que en el acto nos formemos será correspondiente á la cualidad y dureza de toda la piedra.

264. Nunc age, cur ultra speculum videatur Imago...

Ahora considera por qué motivo en el espejo se ve la imagen de las cosas, y por qué parece reflejada á cierta distancia de aquél: ese fenómeno obedece á la misma causa que nos hace ver á lo lejos desde lo interior de la casa, cuya puerta esté abierta, los objetos que se hallan fuera, aunque fronteros. Dos corrientes de aire hieren la vista; se extiende una entre la puerta y el observador, y conduce á los ojos de éste la imagen de la puerta y la de las cosas que se hallan á los dos lados de esta última; la otra que impresiona en segundo lugar, y es procedente de fuera, guía las imágenes de los objetos exteriores. Lo mismo se nota en el espejo, cuya imagen viene á nosotros conducida por el aire existente en el espacio que media entre él y nuestros ojos. Así la vemos de seguida, lo primero; y después, en segundo término, cuando la vista puede fijarse en el espejo, percibimos en él reflejada nuestra propia imagen, que otra corriente de aire nos trae. Queda así explicada la causa que nos hace ver la imagen á cierta distancia del espejo. Dos corrientes de aire, una después de otra, producen este resultado.

Todas las cosas que están á nuestra derecha, en el espejo se ven á la izquierda, porque la imagen del cuerpo que de frente se halla ante el metal bruñido, también de frente se refleja, y, por tanto, en posición cambiada. Igualmente, si en una mascarilla de greda aplicas barro humedecido y lo aprietas fuertemente, obtendrás una figura, en la cual, además de aparecer las partes salientes como entrantes, notarás que el ojo derecho se muestra como izquierdo, y el izquierdo como derecho.

Sucede también que la imagen transmitida por unos espejos á otros, cinco ó seis veces se reproduce. Todo lo que detrás de ti queda, ó debajo ó á los lados, aun cuando se halle muy distante, lo puedes ver reflejado varias veces en los espejos con que adornas tu casa; cada uno copia la imagen proyectada en otro, y si uno la presenta hacia tu derecha, otro la da á la izquierda, y en un tercero la verás restituida á su primera posición.

No obstante lo dicho, las imágenes aparecen iguales en un espejo compuesto de varias facetas; al mismo lado ofrecen todas la parte correspondiente á nuestra mano derecha; pero también sucede que las imágenes reflejadas se encuentren, se junten y den otra en la forma primitiva, ya porque la simetría se deshaga por la conjunción de unas y otras, ó ya porque la figura se cambie al convertirse para nosotros.

Los simulacros avanzan y se alejan con nosotros, é imitan nuestros movimientos; pero si nos retiramos definitivamente del sitio en que se halle el espejo, éste deja de dar nuestra efigie. Es ley de la Naturaleza, en todo caso, que la imagen recibida en el espejo sea igual á la reflejada.

319. Splendida porrò oculi fugitant, vitantque tueri.

La presencia de cuerpos brillantes ofende á los ojos, los cuales procuran evitarla; el Sol ciega á aquel que lo mira de frente, porque sus rayos son intensos y porque los simulacros que emite con rapidez atraviesan las distancias, y con sus fulgores lesionan los ojos y trastornan el aparato visual; una claridad viva contiene moléculas de fuego, y como éste, quema los ojos al penetrar en ellos.