Los ictéricos ven todas las cosas teñidas con el color amarillo, como si de su organismo dimanaran partículas de aquel color, las cuales se mezclaran con los simulacros, ó bien porque sus ojos están saturados de moléculas de esa coloración é impresionan las imágenes que se les aproximan.
Desde un sitio obscuro vemos los objetos que se encuentran rodeados por la luz, porque si bien las sombras que se hallan próximas á los ojos invaden á éstos, son inmediatamente rechazadas por los rayos luminosos que también penetran en los órganos de la vista, y por su acción enérgica, viva y veloz, disipan las tinieblas; cuando todas las partes de los ojos que habían sido ocupadas por la obscuridad quedan iluminadas, los simulacros de los cuerpos que están en la luz se introducen en ellas y se efectúa el fenómeno de la visión. Por lo contrario, desde un sitio bañado por la claridad no se puede ver lo que haya en un próximo lugar obscuro, porque las sombras, al llegar en segundo término, obstruyen los órganos de la visión y no dejan que pasen los simulacros emanados por los cuerpos.
348. Quadratasque procul turres cùm cernimus urbis...
Muchas veces desde lejos contemplamos las cuadradas torres de las ciudades, y se nos figura que son redondas, porque los ángulos rectos de sus lados contiguos se nos representan como obtusos, ó bien porque se desvanecen á nuestra vista y no los podemos precisar: á proporción que aumentan las distancias los simulacros pierden poco á poco su forma por el choque de los cuerpos que flotan en el aire; y cuando el ángulo degenera lentamente á nuestra vista, nos imaginamos ver el volumen de un cilindro de piedra, no perfecto, sino algo desvanecido y confuso.
Parece que nuestra sombra se mueve en el Sol, imita nuestros movimientos y sigue nuestros pasos, como si fuera posible que el aire, de luz privado, tuviese idoneidad para repetir los actos de los hombres y copiar sus gestos, ya que nada más que aire envuelto en la obscuridad es lo que llamamos sombra: falta el Sol en algunos puntos de la Tierra porque nuestros cuerpos impiden el libre acceso de los rayos del astro luminoso; pero cuando el obstáculo se retira, el Sol luce y por ese motivo creemos que la sombra nos acompaña siempre. Constantemente se dispersan los haces luminosos que se forman sin cesar, como se encogen y consumen los hilos de lana que sucesivamente se arrojan al fuego. Es fácil de explicar, pues, que la Tierra pierda la luz y que al recobrarla desvanezca las negras sombras que la hubieran envuelto.
No concedemos que los ojos se engañen: propio de ellos es distinguir si hay luz ú obscuridad y en qué sitio; pero incumbe á la razón el discernir si la sombra que vemos en un lugar es la misma que estuvo en otra parte, ó si es diferente, como he dicho antes de ahora: los ojos no pueden conocer la Naturaleza de las cosas: no atribuyas, por tanto, á los ojos defectos propios del ánimo.
382. Qua vehimur navi, fertur, cùm stare videtur...
Nos parece que está inmóvil el barco en que navegamos, y se nos figura que marchan cosas que están fijas: cuando con velas hinchadas la nave que nos conduce hiende las ondas y nos transporta velozmente, creemos que huyen de nosotros los campos y las colinas: las estrellas se nos muestran como estacionadas en la bóveda etérea, aunque siempre están en movimiento y aparecen en un lado para ir á perderse en el opuesto después de haber lucido su brillante masa en los espacios siderales: de igual manera creemos ver en reposo el Sol y la Luna, aunque la razón nos dice que se mueven: desde el mar se observa, como si formaran una sola isla que brotase de las aguas, varias montañas entre cuyas gargantas podría maniobrar numerosa flota: los niños, después de dar muchas vueltas creen al pararse que la casa anda con movimiento de rotación, y que giran las columnas de la sala en que juegan, y aun temen que el edificio se desplome sobre ellos.
Cuando en cumplimiento de las leyes de la Naturaleza el Sol comienza á dirigir sus trémulos rayos por encima de las montañas, y crees ver que el rojo disco reposa en ellas y con su manto de fuego las toca, repara que esos montes no distan de nosotros dos mil tiros de saeta, y muchas veces ni aun quinientos; entre esas montañas y el Sol median muchos mares que tienen por cubierta el cielo, é innumerables tierras ocupadas por diversas clases de gentes y muchas especies de fieras. En un charco de agua de muy escasa profundidad, formado entre las piedras de la calle, parece que se ven un cielo abierto, nubes aglomeradas, un profundo abismo y muchos cuerpos escondidos bajo la tierra.
416. Denique ubi in medio nobis equus acer obhæsit...