Por su esencia, los númenes deben disfrutar eterna vida en ocio imperturbable: indiferentes á nosotros y á nuestras cosas, exentos de peligros y de aflicciones, ricos por su propia naturaleza puesto que nada necesitan, son insensibles á nuestras virtudes é indiferentes á nuestra ira[6].
[6] De igual modo Séneca se expresó en su epístola XCV.
63. Humana ante oculos fœde cum vita jaceret...
Cuando la humanidad, abatida por el terror, se humillaba ante el aspecto horrible del fanatismo que desde las regiones aéreas dirigía á los mortales tremendas amenazas, un sabio de Grecia fué el primero[7] que se atrevió á resistir al monstruo y á levantar contra él los ojos: ni la fama de los dioses, ni rayos, ni temeroso estruendo de las concavidades del espacio pudieron abatirlo; por lo contrario, los obstáculos estimularon su energía y abrió las cerradas puertas de la Naturaleza; su genio vencedor pasó adelante y arrojó á distancia las murallas flamígeras del mundo: entonces escrutó la inmensidad con mirada vigorosa, y vencedor de ella nos dió á conocer lo que existe y lo que no puede existir en el mundo, así como descubrió que toda potencialidad de los seres está limitada por su peculiar esencia; de este modo la superstición fué á su vez subyugada y la victoria nos elevó á lo infinito.
[7] Epicuro, natural de Samos, donde nació el año 341 antes de la Era cristiana.
71. Illud in is rebus vereor ne fortè rearis...
Temo, sin embargo, te figures que voy á iniciarte en protervas doctrinas y á franquearte el camino del mal; por lo contrario, la superstición ha producido muchas veces crímenes y sucesos execrables: por ella varones famosos de Grecia, capitanes fuertes, profanaron en Aulide[8] con la sangre de Ifigenia el altar de Diana. La cabellera virginal recogida con fúnebre banda fluctuante; junto al altar el afligido padre; al lado los sacerdotes que ocultan los puñales; alrededor el pueblo que lloroso contempla á la joven; ésta, muda por el terror y agobiada por el espanto, cae sobre sus rodillas... á la infeliz no sirve ser la primera que diera nombre de padre al rey... impías manos de ministros la levantan y la conducen trémula ante las aras, no para que celebre solemnes ritos de Himeneo acompañada por lucido cortejo, sino para que muera casta pero deshonestamente bajo los golpes de su mismo padre, en el instante en que amor la destinaba á tierno esposo; y muere para que el viento no estorbe la feliz partida de la flota griega. ¡Á qué horribles males la superstición puede llevar á los hombres!
[8] Aulide, puerto de Beocia, donde se celebró el sacrificio de Ifigenia, hija de Agamenón y de Clitemnestra. Agamenón, jefe de los ejércitos griegos en la guerra de Troya.
103. Tutemet à nobis jam quovis tempore, vatum...
Tú mismo, dominado por los discursos terroríficos de los vates, ¿querrás separarte de mi lado? ¿Supondrás acaso que también yo puedo fingirte delirios que cambien las reglas de tu vida ó turben tus dichas con temores? Y no te he de censurar; porque si los hombres comprendiesen cuál es el término cierto de sus infortunios, bien podrían resistir á las religiones y despreciar las amenazas de los vates; pero en la actualidad no hay saber bastante ni motivo suficiente para rechazarlas, mucho más cuando se temen penas eternas después de la muerte; pues todavía se ignora cuál sea la naturaleza del alma, si es creada con el cuerpo ó si á éste se agrega en algún momento, é igualmente se ignora si con el cuerpo fallece ó si va á visitar las extensas y negras lagunas del Orco[9], ó bien si merced á divina disposición emigra para el cuerpo de varios animales, como cantó nuestro Ennio, primero digno de eterno renombre que del risueño Helicón bajó á Italia coronado con laurel inmarcesible. En versos inmortales Ennio describió el tenebroso infierno, donde no existen almas ni cuerpos, sino espectros y pálidas imágenes: allí se le acercó la sombra del siempre floreciente Homero, y con efusión cariñosa entre lágrimas de recuerdos le explicó la naturaleza de las cosas[10].