El león se decidió á buscar al hombre y á combatir con él.
Continuó caminando por el bosque con el zorro al lado, el perro delante, el mono de árbol en árbol y el águila por los aires.
Al fin, el zorro le dijo:—Mira, allí está. Aquel que va á caballo con arco y flechas, aquél es el hombre.
—Pero aquel animal que cruza á lo lejos es muy grande y tiene cuatro patas, y tú me dijiste que el hombre se parecía al mono.
—Es que el hombre, á veces, tiene cuatro patas ó las merece—replicó el zorro con sorna.—De todas maneras, has de saber que aquel hombre va á caballo.
—¡Pues á él!—rugió el león, y avanzó potente y valeroso.
Empezó la lucha.
El hombre á veces huía, á veces disparaba una flecha; y en retiradas y acometidas y evoluciones, atrajo al león hacia unos matorrales.
De pronto, al dar el león un salto, le faltó tierra y cayó en un foso profundo.
Quiso salir y sintió que unas fuertes ligaduras le sujetaban manos y pies, y todo el cuerpo.