Había caído en una trampa; estaba perdido. Después de bregar un rato lo comprendió, y murmuró con roncas voces:—Mi padre tenía razón, debí huir del hombre: pero ya es tarde; y se dispuso á morir con dignidad....

Se quedó inmóvil y dobló la majestuosa cabeza.

Al borde del hoyo se asomaron con curiosidad el hombre, el perro, el zorro y el mono; el águila miró desde arriba.

El hombre le arrojó una piedra al león á ver si podía aplastarle la cabeza.

Pero el león le dijo:

No me pegues ni me hieras en la cabeza.... Hiéreme con una de las flechas EN LOS OÍDOS; los culpables son ellos, que no oyeron el consejo de mi padre: hiéreme EN EL CORAZÓN, que no le quiso ni respetó como debía.

Y volviéndose el león, presentó el noble pecho.

El hombre, que á veces es compasivo, atendió á su ruego, le disparó una flecha y el león quedó muerto en el fondo de la fosa.

El hombre se inclinó gozoso, pensando:—Hermosa piel; se la arrancaré en cuanto me asegure que ha muerto.

El zorro se deslizó mirando al hombre de reojo, y diciendo para sí:—Ahora que estás entretenido, voy á comerme tus gallinas.