—¡Es, es... la tía Pilonga!

—¡Qué desatino! ¿tiene la tía Pilonga hijas muy hermosas?

—Pues yo no conozco más vieja jorobada; se acabó.

—¡Es la parra, mujer, la parra!... que tiene sarmientos, uvas, y un nieto que se sube á la cabeza, que es el vino: ¿lo sabes ahora?

—Lo sé y no lo sé, contestó la albondiguilla, que en seguida exclamó: ¡Ay! ¡oye el cucú! está en la huerta.

—Di los cucús, observó otra de las niñas; ¿no ves que son dos voces? el hijo que dice cu, y el padre que le responde sobre la marcha, cu.

—El cucú es el más descastado de todos los pájaros,—dijo la Abuela, que se impuso en la conversación, gracias al agudo timbre de las voces de las niñas.—Va el pícaro al nido de otro pájaro, se come sus huevecitos y en su lugar pone los suyos. Después que la pobre madre saca los huevos, abren los polluelos su gran pico, pues son muy comilones, y la pobre pajarita, que cree que son sus hijos, se mata para poder criar los voraces cuneros.

—Dice Padre, añadió Águeda, que otro pájaro hay muy pícaro y de mucho sentido, que es el alcaraván. Las zorras le persiguen mucho para comérselo, porque les gusta más que un confite. Un día le dijo el alcaraván á la zorra que su carne no tenía todo su sabor, si antes de comerla no se decía: alcaraván comí. Así lo hizo la zorra cuando poco después lo cogió. El alcaraván aprovechó la ocasión de que abriese la boca la zorra para decir alcaraván comí, y se voló diciendo: ¡á otro; que no á mí!

—Mira,—dijo una de las oyentes al ver posada sobre una rosa una palomita blanca y oir revolotear un moscón;—cata aquí una palomita blanca que lleva los recados á María; y un moscón, que es el que se los lleva al diablo.

Corrieron siguiendo la dirección del vuelo del moscón diciendo á la par: