—¡Adelante! ¡Á buscar al hombre!... Un ser que se parece al borrico por el entendimiento, á la serpiente por lo rastrero y venenoso, al mono por la figura, y á quien el zorro le come las gallinas! ¡Á él! ¡Á él!—rugió el león con poderosos rugidos.

Otro animal le cerró el paso; le desafió valiente; le ladró furioso.

—No hables mal del hombre, animal, bárbaro y salvaje. El hombre es bueno, es noble, es mi compañero: parte conmigo su pan, duermo á los pies de su cama. Si le ofendes, me ofendes á mí: si luchas con él, lucharé á su lado; mi cuerpo será escudo que pare tus zarpazos.

—Eres valiente—dijo el león.—Quien cuenta con tan buen amigo, algo bueno tendrá.

—El hombre no tiene nada bueno, como no sean sus gallineros—refunfuñó el zorro.

Pero un águila real llegó desde un picacho y tomó parte en la discusión.

—Calla, animalejo ruin: el hombre es un animal de cuenta: lo digo yo, que miro las cosas desde arriba....

El león levantó la cabeza, y preguntó:

—¿El hombre vuela como tú?

—Él no vuela: pero en su cabeza, como en jaula misteriosa, lleva una ave que vuela más que yo y que sube más alto.