Creo que los sentimientos estéticos del individuo pueden servir de norma para valorar los morales y que puede establecerse como regla general, que a mayor evolución de los sentimientos estéticos corresponde mayor evolución de los éticos. De este modo, se podría enunciar el principio, o con más corrección para no asignarle tanto alcance, la regla, en esta forma: los sentimientos estéticos están en relación directa con los éticos.
Aquí el lector, inmediatamente me objetará en una forma a su juicio contundente, diciéndome que, justamente, los cultores de la estética, los profesionales de ella, en su gran mayoría, no son los que más brillan por su moralidad, sino al contrario, por su inmoralidad.
Dejemos estas objeciones para su debido tiempo, si es que después de precisar el alcance de los términos, se persiste en ellas.
El orden de formación filogenética de los sentimientos es el siguiente: sentimientos éticos, a los que les ha seguido casi inmediatamente los estéticos, y por último los religiosos.
En la ontogenia los sentimientos morales y los estéticos se presentan aparentemente simultáneos, es decir, a sentimientos éticos determinados le corresponden sentimientos estéticos determinados, o a la misma altura de evolución, tal cual ocurre con los sentimientos morales y estéticos, en la niñez, en la adolescencia, etc. Esto indicaría que la sucesividad de sentimientos éticos y estéticos en la filogenia ha sido corta, por su aparente simultaneidad en la ontogenia.
Se infiere que los sentimientos estéticos en la filogenia no pudieron ser originariamente primitivos, sino que derivaron de los éticos que estaban en más estricta vinculación, o mejor, dependían más directamente de la lucha por la vida, del instinto de conservación, siendo los sentimientos estéticos, en cualquiera de sus manifestaciones, los sentimientos del triunfo en la lucha por la existencia; es decir, los sentimientos estéticos dependieron de lo bueno, de lo útil, de lo eficaz, pero para eso debió existir previamente la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo útil y lo inútil, lo eficaz e ineficaz, que eran, en definitiva lo moral y lo inmoral.
En la ontogenia resultan ambos sentimientos asociados y todo lo ético es estético y lo estético para ser tal, en los sujetos normales, debe, necesariamente, ser ético. Sólo un falso discernimiento puede disociar lo estético de lo ético, admitiendo que pueda existir lo estético independientemente de lo ético, o en otros términos, que pueda existir algo estético que no sea moral. Por lo demás se vé que lo amoral es inestético, como que lo inestético es amoral y que lo inmoral es antiestético, y que solo como aberraciones se presenten los sujetos que estiman lo inmoral, o en particular, algo inmoral, como estético.
Dije que el sentimiento estético en su origen es el sentimiento del triunfo en la lucha por la vida. No voy a tratar de demostrar esta tesis, sobre la cual he escrito un libro. Sólo recordaré que en los sentimientos estéticos, como en las demás aptitudes, existe una larga gradación desde lo rudimentario hasta los grados más avanzados y que su vinculación con el instinto de conservación, es tanto más evidente cuanto más inferiores son, pues en los grados superiores la causa originaria resulta muy alejada por la cantidad de intermediarios que intervienen entre el instinto, o mejor dicho, la satisfacción del instinto en la lucha por la vida y el sentimiento estético.
En la naturaleza las cosas o los fenómenos no son ni morales, ni inmorales, ni estéticos, ni antiestéticos, sino amorales e inestéticos. El sentimiento de lo moral o de lo bello nace en nosotros por las reacciones que en nuestro sistema nervioso provocan esos agentes. De ahí que lo estético y lo moral dependan del individuo y que sea el criterio de la mayoría el que pretenda dar la pauta de lo estético, antiestético, moral e inmoral.