Naturalmente que no hay razón alguna para limitar la estética a las manifestaciones del arte y creer que los sentimientos estéticos sean sentimientos ligados exclusivamente al arte. El arte no es el único poseedor de la estética, ni cosa semejante. Si se han hecho casi sinónimos es porque el arte, para ser tal, exige el concurso de la estética, o mejor dicho, debe provocar reacciones de carácter estético; pero la estética del arte, o las reacciones estéticas provocadas por las ramas del arte, se diferencian solo de grado con las provenientes de otros géneros de actividades humanas, son términos de una misma serie y las reacciones estéticas que provoca una obra de arte pueden ser muy inferiores a las provocadas por la ciencia o superarlas, según el grado de evolución del sujeto que las percibe.
Recordaré, brevemente, las etapas de la filogenia de los sentimientos estéticos que corresponden exactamente a los que se observan en la ontogenia.
1.ª Estética motriz.—Llamo así a las reacciones estéticas provenientes de las nociones que provee el sentido muscular. La belleza reside en la dirección, o bien en la velocidad, o bien en la agilidad, o bien en la precisión, etc., del movimiento. El movimiento es el agente de la reacción estética y la belleza reside en el movimiento, ya obre el sujeto como actor o como espectador. Es la estética más rudimentaria: la del hombre primitivo, la del salvaje actual y la del niño. Sus sentimientos estéticos están ligados a ejercicios, manejo de las armas, deportes, bailes, etc.; su estética musical está más en el ritmo que en la melodía, es decir, en la noción de movimiento.
Para que el agente provoque sentimientos estéticos es menester que sea llevado a la mayor perfección posible, por ejemplo, que el o los movimientos ejecutados sean de la mayor agilidad y precisión, pues lo imperfecto, pesado, o grosero, resulta antiestético. En la filogenia, lo más perfecto fué lo más útil, porque conducía más directamente al triunfo. La estética resultó de una ética utilitaria. El sujeto que sobresalía, que se distinguía de los demás, era el que mejor realizaba lo estético, si llegaba a lo verdaderamente excepcional, fué el superhombre de esos tiempos, el respetado, el temido, el que servía de término de comparación, de unidad moral o término superior, y también el término superior en lo estético. La dependencia de lo estético de lo moral se presenta muy clara en el hombre primitivo y en el salvaje actual y también en los individuos inferiores de las colectividades cultas que son otros tantos salvajes dentro de un medio evolucionado, y, por último, en el niño. En éste, particularmente en el período belicoso, es notable su admiración por el más fuerte y con especialidad por el diestro en el manejo de los puños. Endiosan al peleador, alabando sus sopapos, sus quites, etc. El niño, como el salvaje, admira y respeta al que prima por más diestro en la fuerza bruta.
La sucesividad: ética, estética y religión, se observa muy bien en el estadio de la estética motriz, en que el hombre no había llegado aún a discernir lo mejor de lo peor, lo bueno y lo malo, etc., sino en el mundo sensorio, y, aun en éste, limitado a las sensaciones musculares que, a los efectos de la realización de la vida, ocupaban el primer puesto, eran los primordiales. El sujeto que sobrepasaba a los demás en fuerza muscular, o bien en el manejo de las armas, por ejemplo, realizaba lo más estético, prevalecía, era luego el jefe, el árbitro de lo ético, el modelo en la realización de lo estético; si llegó a lo extraordinario, las generaciones siguientes lo erigieron en ser mítico, más tarde en dios. Hombre extraordinario, jefe, mito, dios; he ahí un origen estético de muchos dioses primitivos y origen estético-motor surgido del sentido muscular como arma para satisfacer el instinto de conservación en la lucha por la vida. En aquellas épocas alejadas, el arma más eficaz para el triunfo era la fuerza muscular y la maestría para utilizarla mejor, porque aún no habían nacido otros medios de lucha, el hombre admiró y exaltó lo más perfecto, y llegó a crear los dioses que representaban el summum de la fuerza o de la perfección en las nociones que provee el sentido muscular. Pero la fuerza y la maestría si eran armas eficaces para la lucha por la vida, no lo eran para luchar contra agentes naturales como la tempestad, el rayo, la obscuridad; y el sentimiento del temor nacido de la ineficacia de los medios de lucha, dió origen a la creación de dioses misteriosos, monstruosos, brutales. Pero estos dioses eran de origen más remoto; estos dioses productos del terror perduraron y fueron, poco a poco, desplazados por los dioses motores. Los dioses de origen fóbico convivieron cierto tiempo con los dioses motores, hasta que estos últimos los desplazaron del todo.
Y este fenómeno de simultaneidad y desplazamiento gradual de dioses de distinto origen, ha sido de todos los tiempos y es el que, aunque con mucha mayor complejidad, ocurre actualmente.
No fueron los dioses los que engendraron al miedo sino el miedo el que creó a los dioses, como muy bien lo dijo Lucrecio. Como el hombre los creó bajo la influencia depresiva del terror, que es eminentemente antiestético, todos esos dioses son sumamente antiestéticos: son creaciones cuya sola vista debe provocar el mismo sentimiento de terror con que fueron creados, son dioses onomatopéyicos del terror, como ocurre con la diosa Kali indú, o los animales monstruosos de los egipcios que poblaban la tierra de que habla Máspero, o los dioses estrafalariamente horribles de los asirios y caldeos, etc.
Tampoco fueron los dioses los que crearon los sentimientos estéticos motores, sino los sentimientos estéticos motores los que crearon los dioses motores, cuyas figuras representan el summum de la estética motriz de entonces. Tal ocurre con los dioses egipcios que no eran de origen fóbico, como Ammon que era un dios de fuerza, Osiris e Isis, dioses de energía o fuentes de energía, Hércules que cae de un plano superior en Egipto a uno más inferior en Grecia que estaba en un período mucho más avanzado de evolución, y los dioses de fuerza, los dioses motores pasan a la categoría de semidioses o héroes: Teseo, Perseo, Belerofonte, Cadmo, etc.
Se ascendió de lo estético a los dioses y no se descendió de los dioses a lo estético. Los dioses sintetizaron lo estético.
Lo estético se presenta así como un grado de evolución superior a lo ético, como un sentimiento intermediario entre el sentimiento moral y el religioso. Por eso es que en el sentimiento de la inspiración, el inspirado se encuentra en un estado sentimental intermediario entre el sentimiento que provocan las reflexiones morales y el éxtasis místico. El momento de inspiración es un momento de éxtasis estético y el sujeto se halla en lo que respecta al mundo exterior, en un estado de semiconciencia, casi completamente aislado y no completamente aislado, ajeno a todo lo que ocurre fuera de él, como acontece en el éxtasis místico, que, en lo que concierne al sentimiento, es la superevolución del éxtasis estético.