—Esto fué un triunfo—continuó Borja—para la tendencia galicana que representaban ambos teólogos. La Iglesia iba á regirse «parlamentariamente», como diríamos ahora. La asamblea de los fieles resultaba superior al Papa, dejándole un papel de monarca constitucional... Pero más adelante los sostenedores del poder pontificio acabaron por dominar al concilio, y el nuevo Papa, Martín V, nombrado por éste, continuó la tradición monárquica absoluta de la Iglesia.
Como el fugitivo Juan XXIII se negaba á regresar á Constanza, el concilio lo juzgó, luego de oir un acta de acusación en la que se iban relatando todos los pecados del antiguo corsario Baltasar Cossa: «malvado, impúdico, mentiroso y rebelde; mal hijo con sus padres, envenenador de Alejandro V, al que había sucedido; culpable de fornicación con la mujer de su hermano, con religiosas, doncellas, casadas, y de otros crímenes contra la castidad; vendedor de indulgencias y de empleos para guardarse su producto; avaro, simoníaco...» Y así continuaba la acusación contra el tercero de los Papas, abarcando setenta y cuatro delitos, consignados con toda clase de detalles.
El 29 de Mayo de 1415, el concilio lo deponía, y una diputación iba á buscarlo en la ribera alemana del lago de Constanza, donde se había refugiado, para notificarle su sentencia. Juan XXIII la acató humildemente, reconociendo el yerro cometido al huir del concilio, y se resignó para siempre á su desgracia. Tres años vivió prisionero en Alemania, sufriendo ultrajes y consolándose de tan amarga situación componiendo versos latinos sobre la inestabilidad de las cosas humanas. Cuando el concilio nombró Papa, años después, á Martín V, al pasar éste por Florencia vió arrodillarse á un anciano que le prestaba juramento como Pontífice legítimo, queriendo vivir y morir bajo su dependencia. Martín V, conmovido por tal espectáculo, concedió al antiguo Juan XXIII el primer puesto en su Sacro Colegio con el título de cardenal-obispo de Túsculo; pero el agraciado tardó poco en morir.
Obtuvo el concilio de Constanza una nueva victoria. El errabundo Gregorio XII, abandonado por casi todos los países de su obediencia y que no sabía dónde refugiarse, abdicó igualmente su tiara desde la villa de Viterbo, y el concilio lo nombró cardenal-obispo de Porto. Dos años después moría en Recanati, diciendo: «No he conocido al mundo, ni el mundo me ha conocido á mí.»
Para agradecer su renuncia, el concilio lo declaró el Pontífice más legítimo de los tres. Era el Papa de Roma, y la asamblea libre de la Iglesia, al hacer esto, obedeció á la misma influencia geográfica que había motivado el cisma. El futuro Pontífice elegido por el concilio sería forzosamente italiano, para que no se repitiesen las disensiones.
—De los tres Papas—dijo Borja—ya no quedaba en pie más que uno: Benedicto XIII; pero con éste iban á poder muy poco el ensoberbecido concilio y el jactancioso Segismundo, propenso á querer asustar con las amenazas de su fuerza algo ficticia y poseedor de cierta habilidad para conseguir por medio de intrigas lo que le era imposible obtener autoritariamente.
Claudio olvidó esta querella de los tres Papas para evocar la figura de un simple doctor, que sin ser cardenal ni prelado, dejó su nombre heroico unido para siempre al recuerdo de dicho concilio.
—No sólo eran mercaderes, artesanos, músicos, cómicos y aventureros los que habían venido á engrosar la muchedumbre de Constanza. Antes de que llegase el emperador, las gentes se agolpaban en las plazas de la ciudad ó en los muelles del lago para escuchar la fogosa oratoria de un eclesiástico de cuarenta años, alto de cuerpo, el rostro pálido y enjuto. Era de vida austera, y se mantenía pobremente á pesar de su amistad con los grandes señores de Bohemia, su país. Se llamaba Juan Huss, y por sus estudios y su elocuencia había llegado á rector de la Universidad de Praga y confesor de la ex reina Sofía, cuñada de Segismundo.
Amaba el Evangelio en toda su pureza, deseando que la Iglesia, corrompida y dividida, se ajustase de nuevo á sus enseñanzas. Otro clérigo llamado Wiclef había surgido, antes que él, en Inglaterra, proclamando la regresión de la Iglesia al primitivo espíritu evangélico, la supresión de la vida escandalosa y los abusos de los príncipes eclesiásticos, una reforma completa en las costumbres y en el dogma.
Wiclef había muerto en su patria sin que su persona sufriese persecuciones, pero sus libros fueron condenados á las llamas en varias ciudades de Europa. Juan Huss, su discípulo y continuador, se veía excomulgado, y sus obras eran igualmente arrojadas al fuego en Praga.