—Nunca he podido comprender eso, y creo que á todos les pasa lo que á mí. Va más allá de nuestras ideas modernas. Amarse durante tantos años, vivir los dos en la misma ciudad, ser ella una mujer casada, de experiencia, libre en sus actos, y no haber nada... ¡absolutamente nada!
La viuda sonrió, mostrando al mismo tiempo cierta confusión por la audacia de sus insinuaciones.
—No hay que olvidar—contestó Borja—el espíritu de aquel tiempo. Petrarca fué casi un contemporáneo de la época caballeresca. Su alma era semejante á la de los paladines de los relatos heroicos, que corrían el mundo rompiendo lanzas por su dama y sólo obtenían de ella un guante ó una cinta. Vivió en el período del amor idealista y desinteresado.
Después de hablar así, con cierto entusiasmo, el joven sonrió, casi lo mismo que su acompañante.
—Debo añadir que la vida se permite jocosas venganzas con los que pretenden sustraerse á sus mandatos. Mientras Petrarca cantaba á Laura, su «dulce enemiga», quejándose de sus desdenes y de su fidelidad matrimonial, sostenía relaciones «materiales» con una mujer de Aviñón, de la que tuvo dos hijos, Juan y Francisca. Juan siguió la carrera de su padre. Clemente VI le dió un canonicato en Verona (por favorecer al poeta), dispensándole la edad, pues sólo tenía nueve años. Francisca vivió en Florencia al lado de Boccacio, gran amigo de Petrarca, mientras éste rodaba por el mundo ó escribía en su retiro de Vaucluse.
Después de remontar el automóvil varias cuestas empezó á descender, perdiendo de vista sus ocupantes el valle del Ródano y el caserío de Aviñón, erizado de torres. Otro valle se extendía ahora ante ellos, con pueblecitos agazapados al pie de colinas que sustentaban restos de castillos. En el fondo, obstruyendo gran parte del horizonte, vieron la pirámide inmensa del monte Ventoso.
—Una nueva Laura se ha descubierto—continuó Borja, que parece más verosímil y aceptable que la dama casada de los nueve hijos. Fué un abate de la familia Sade quien lanzó y afirmó la versión de que Laura había sido una señora de su parentela. Otros creen que la amada del poeta fué Laura de Baux, de la familia Orange, que vivía en un castillo cerca de Vaucluse. Se mantuvo soltera, y sus gustos literarios, su figura romántica, concuerdan más con el poeta. Laura de Noves murió de la peste que tantas víctimas produjo en la ciudad papal. Laura de Baux, joven, de salud frágil, murió de consunción (nombre que daban entonces á la tisis) estando ausente su cantor. Pero sea una ó sea otra, hay que agradecer la resistencia que opuso siempre á sus deseos. De haber cedido al poeta, no tendríamos ahora sus canciones de amor ni sus sonetos.
Petrarca la describía tal como la vió por primera vez, bien fuese el Viernes Santo en una iglesia de Aviñón ó bien en el castillo inmediato á Vaucluse: «más blanca y más fría que la nieve en los lugares que el sol no ha tocado en muchos años, con una cabellera rubia, al lado de la cual el oro y los topacios parecen vencidos; vistiendo larga túnica de seda verde bordada de violetas». Cantaba fervorosamente «la iglesia donde ella ora, los bosques y las rocas que la ven pasar, el río donde baña su cuerpo».
—Es en el arte un precursor de la escuela de la Naturaleza, de la descripción literaria que quinientos años después adoptó el naciente romanticismo. Es Platón expresándose por medio del verso. En sus canciones habla del mundo de las aguas, de las montañas y las selvas, como un poeta moderno. La fuente de Vaucluse es para él un personaje viviente. Su amor á la Naturaleza le hizo permanecer alejado de las calles de Aviñón, en el lugar adonde vamos ahora, bastándonos para el viaje menos de cien minutos de automóvil, pero que en aquel tiempo exigía casi una jornada.
Su casita junto al río Sorges, llena de libros y de recuerdos de la Roma clásica, estaba al pie de una colina rocosa, debajo del castillo del obispo de Cavaillon, señor del lugar. Más allá de su jardín poseía una pequeña isla de piedras, en la cual había aposentado á las Musas, «ya que las arrojaban de todas partes». Pero las ninfas del Sorges, descendiendo de lo alto de las peñas, azotaban á las Musas con sus inundaciones. Las mil vírgenes acuáticas se vengaban de que Petrarca prefiriese á «nueve solteronas viejas».