Varias veces abandonó este retiro. Al instaurar Rienzo la República romana, el poeta, entusiasmado, emprendía un viaje para reunirse con aquél. Pero antes de llegar á Roma se enteró del fracaso del tribuno y de su fuga, deteniéndose en Parma. Otra noticia más terrible vino á buscarle en el suelo italiano. Laura había muerto, y su cuerpo «tan hermoso y casto» reposaba en una iglesia de Aviñón.

—Volvió á Vaucluse para amar un fantasma. De todo cuanto le rodeaba, peñas, árboles y acuáticos murmullos, resurgieron imágenes y recuerdos, saliendo á su encuentro como melancólicos amigos. Otra vez abandonó su casita, el día en que, paseando por la orilla del Sorges, vió llegar á un mensajero del Senado de Roma.

La vieja ciudad deseaba coronarlo en su Capitolio, con una pompa algo teatral que recordase la de los antiguos triunfos romanos. Esta gran consagración era al hombre político, al patriota elocuente, al partidario de la unidad de Italia, más que al poeta.

—Aun el mismo poeta se vió glorificado por la parte más olvidada ahora de su obra. Lo aclamaron por sus méritos de humanista, por sus poesías latinas, especialmente por su poema África, escrito en dicha lengua, ó sea por lo que nadie de nosotros lee y hace siglos está olvidado. Su Cancionero, sus Triunfos, todos sus versos italianos, de sincero apasionamiento, que parecen escritos por un lírico de nuestros días, los consideraron entonces pueril diversión de erudito, frívolos jugueteos de su imaginación entre una epístola ciceroniana y una égloga á lo Virgilio. Esto demuestra la poca consistencia de los juicios literarios. Los hombres de su época no creyeron jamás en la existencia de Laura; fué para ellos un ser fingido al que dedicaba el tonsurado Petrarca los arrebatos de un amor puramente cerebral. Iguales entretenimientos se permitían con otras damas irreales los clérigos y prelados de entonces aficionados á los versos.

Nunca quiso decir el poeta el verdadero apellido de Laura. Si sus amigos más íntimos llegaron á convencerse finalmente de la existencia real de ésta, fué por revelaciones fragmentarias que Petrarca les hizo, casi siempre contra su voluntad.

Empezó á rodar el automóvil por la orilla de un río pequeño, claro, verde, de profunda nitidez, como ciertos espejos antiguos. Luego se deslizó entre casas: el pueblo de Vaucluse. Al salir de nuevo á la campiña, siguiendo su marcha junto al curso fluvial cada vez más amplio, un ruido de cascada invisible surgió del fondo del paisaje, uniéndose á los murmullos de la arboleda, balanceante bajo la brisa.

Era una caída de agua que Borja llamaba «discreta», pues en vez de ahogar los rumores del campo, se fundía con ellos en una concreción casi musical. Como el automóvil marchaba lentamente por el angosto camino, sin estrépito alguno, todos los ruidos aéreos, vegetales y acuáticos resultaban perceptibles para sus dos ocupantes. El río se deslizaba en sentido inverso, con ansiosa velocidad, cual si tirase de su curso el derrumbamiento de una lejanísima cascada. Era blanco y luciente, lo mismo que el acero, en los espacios donde estaba tocado por la luz solar; verde y profundo en los rincones de sombra, bajo la bóveda formada por los árboles y matorrales de sus riberas.

Se detuvo el vehículo, por no poder ir más allá, junto á la puerta rústica de un restorán al aire libre, entre el camino y la orilla. Esta lengua de tierra con verdes cenadores, mesas y asientos de junco ostentaba un rótulo en su entrada: «El Jardín de Petrarca». También existía junto á dicha puerta una especie de bazar portátil, cuyos objetos estaban adornados invariablemente con la misma cabeza que figuraba en muchas fotografías y tarjetas postales: perfil narigudo y majestuoso, tocado con capuchón de punta colgante y corona de laureles; el poeta, rey de este lugar.

Echaron pie á tierra, para seguir su marcha por un sendero que ascendía entre matorrales. Aquí empezaba la subida á la fontana de Vaucluse. Claudio explicó que en épocas de nivel ordinario surge el río en dicho lugar. Las aguas nacen en mansos surtidores circundados de espumas. Su nivel es el mismo de la fuente de Vaucluse cuando ésta tiene sus aguas bajas é inmóviles.

Continuaron ascendiendo entre grupos de vegetación, siempre verde y fresca por una perpetua humedad. Fueron quedando debajo de ellos y á sus espaldas los nacimientos ordinarios del río. Ahora avanzaban junto á un cauce en rudo declive, completamente seco, con montones caóticos de rocas. Servía de lecho á la cascada de Vaucluse, cuando la fuente sube de nivel y se desborda en tumulto, hasta llegar al sitio donde empieza en tiempos de sequía el curso normal del Sorges. Estas rocas negras, cubiertas de líquenes, las encontraba Borja parecidas á dorsos de elefantes hundidos en el cauce del torrente. Entre los peñascos obscuros se extendían como mallas de una red los blancos arabescos del sedimento calizo depositado por las aguas.