Se vieron de pronto sobre el borde superior de la fontana, laguna casi redonda en el fondo de un embudo de piedra. Este agujero enorme tenía á un lado la arista del derramamiento de la cascada, ahora en seco, y en el opuesto una montaña vertical, semejante al acantilado de una costa. Dicha pared de roca, siempre en la penumbra, desde el agua adormecida abajo hasta las inmediaciones de la cresta terminal, sólo tenía en su parte más alta un ribete de piedra gris, dorada por el sol. Parecía recta á primera vista, pero en realidad formaba un ángulo entrante, y sobre los intersticios de sus rocas habían nacido algunas higueras, al azar de los vientos cargados de gérmenes.

En el fondo del embudo la sombra era eterna. Se espesaba y aclaraba al ocultarse ó surgir el sol, pero hasta en las horas de mayor luz mantenía su color de crepúsculo tranquilo. La fuente parecía un ojo azul, aureolado de verde en sus orillas, donde el agua resultaba menos profunda. Borja la apreció como una pupila inmóvil de la tierra, guardadora de igual misterio que la Esfinge, el Himalaya ó los ríos padres, Ganges y Nilo.

Silencio profundo. Únicamente sonaban lejanísimos los cánticos del Sorges al escaparse al mismo nivel de estas aguas hundidas y muertas. El círculo acuático se hallaba ahora á veinte metros de profundidad, bajándose hasta él por la cuenca de piedra en declive.

Arrojó el joven varios fragmentos de roca en este redondel azul. Sonaba á continuación un ruido amortiguado, como si el silencio absorbiese las vibraciones del choque en vez de agrandarlas. Luego descendía la piedra, habiendo perdido la mayor parte de su gravedad, balanceándose como un péndulo, llevada de un lado á otro, cual si no pudiera abrirse paso en el espesor de las aguas sin fondo.

Comparó Borja este embudo líquido con el globo de un ojo humano y el nervio visual que lo prolonga. El ojo era la superficie circular, y después de ella existía una especie de tubo gigantesco, un desaguadero hundiéndose oblicuamente en la corteza terrestre, sin que nadie conociese su término. Las gentes del país contaban que objetos arrojados en fuentes de Suiza habían resurgido á la luz por este conducto subterráneo. Era indudablemente la boca de escape de un río que se deslizaba siempre oculto, centenares de kilómetros. Al experimentar una crecida se elevaba con vertiginosa rapidez, lo mismo que una caldera hirviente, cayendo rocas abajo en forma de cascada para agigantar más allá el caudal del tranquilo Sorges.

Cansados de arrojar piedras, se sentaron en dos rocas sueltas, donde empezaba el declive del embudo, teniendo á sus pies la charca sin fondo. Sentíanse intimidados por la soledad del lugar, por el agua misteriosa que parecía surgir de una arteria rota del planeta, por la sombra y el silencio. Borja admiró esta penumbra milenaria. Tal vez las paredes de la cascada, ahora en seco, no las había tocado nunca el sol. Era una sombra que databa del principio del mundo, en su forma presente.

Ella había mostrado cierto miedo al sentarse. Un paso en falso, el deslizamiento de una piedra, podía hacerlos caer á los dos en la sima acuática, y aunque tuvieran la suerte de quedarse en uno de los salientes sumergidos, que eran á modo de pequeñas playas cubiertas de piedrecitas, debía resultar terrible el contacto con aquella agua frígida, jamás caldeada por el sol. Luego quedó en muda contemplación, dejándose ganar por el augusto silencio.

Borja también permaneció abstraído ante el gran redondel azul, que cautivaba su mirada con el mismo poder mágico del fuego en las noches invernales. Rosaura se había sentado detrás de su amigo, obedeciendo las indicaciones de éste, dictadas por una galante precaución. De tal modo, si resbalaba, le serviría el joven de sostén. Al volverse de pronto hacia ella, hizo Borja un gesto de asombro y luego sonrió. ¡Ah, mujer!... Había abierto su cartera de mano para mirarse en un espejito; se arreglaba los rizos caídos sobre sus orejas, avanzaba la boca, frunciéndola en forma de redondel, para renovar con un lápiz rojo la pintura de sus labios.

Terminado este acicalamiento, se levantó del pedrusco. Sentía frío; pesaban sobre ella el silencio feroz y la penumbra de este lugar, que parecía de un mundo todavía sin habitantes. Él la dió una mano, ayudándola á descender entre arboledas charoladas por eterna frescura, con hiedras exuberantes en torno á sus troncos ó extendiendo sobre la tierra su obscuro follaje. Animados por la soledad, se imaginaban que este sendero les pertenecía y el último en pasar por él había sido el enamorado solitario de Vaucluse, seis siglos antes.

Rosaura sabía algo de Petrarca gracias á ciertas noticias fragmentarias y á las explicaciones de su acompañante; pero este viaje le había proporcionado una repentina admiración por el poeta, y juraba dedicarse á la lectura de sus libros, aun de aquellos escritos en latín, completamente olvidados, según Borja.