—¡Sentirse amada idealmente!—dijo pensativa—. Un hombre que se contentase con besar la mano y no exigiese «materialidades», que muchas veces nos resultan molestas é inoportunas... ¡Verse adorada sin interés, con una pasión casta y sincera!...

—Pero usted olvida—interrumpió el joven—los hijos que tuvo el poeta y los hijos que tuvo también Laura de Noves con su marido, si es que verdaderamente fué ella.

—No importa; esos obstáculos valen menos que usted se imagina y no resultan incompatibles con el enamoramiento de que le hablo. Ustedes los hombres sólo buscan... «eso». Sin ello no conciben el amor. Las mujeres pensamos de otra manera. Somos menos sensuales que ustedes se figuran y en cambio aspiramos á muchas cosas que ustedes no comprenden.

Entraron en «El Jardín de Petrarca», y el dueño acudió presuroso, abandonando la conversación con el chófer de Rosaura, un español que estaba á su servicio desde que ella llegó á Europa.

Recordó Borja las descripciones de Petrarca sobre la abundancia de la caza y la pesca en su retiro campestre. Truchas y perdices figuraban con frecuencia en su mesa rústica. El dueño del restorán, que consideraba la fama del poeta como algo anexo á la gloria de su establecimiento, contestó con gesto triste:

—Eso fué en aquella época. Las truchas hace siglos que desaparecieron; pero les serviré unos cangrejos «á la americana», que todos encuentran excelentes, y las perdices serán sustituídas por un pollo tiernísimo.

Almorzaron en la misma orilla del Sorges, sirviendo de coro á su conversación una caída de agua próxima que refrescaba al pasar el vivero de los cangrejos. Sobre el mantel blanco y rosado quedó erguida una botella del vino más famoso del país, el «Châteauneuf-du-Pape», grueso, generoso, de gran fuerza alcohólica. Al deslizarse con roce aterciopelado por el paladar del imaginativo Borja, le hizo ver una gran capa pontifical de púrpura obscura, bordada de múltiples flores en realce, toda ella majestuosa y flexible á la vez, adaptándose al cuerpo con envolvente caricia.

Rosaura, seducida por el murmullo de las aguas y la frescura de la sombra, después de su reciente viaje desde París, á lo largo de monótonas y polvorientas carreteras, envidió el retiro de Petrarca, juzgándolo un lugar paradisíaco.

—Siento la tentación de construir una casita aquí. Viviría lejos del mundo, no escribiría versos, pues soy una pobre ignorante; pero le aseguro que sabría paladear tan bien como el poeta las bellezas de este sitio. ¡Qué feliz debió ser al lado de este río, pensando en su Laura!...

Hizo Borja un gesto de incredulidad. ¡Si las buenas épocas pudiesen durar eternamente!... Mas los años pasan, y con ellos la juventud y la voluntad de vivir. El hermoso panorama de Vaucluse fué ensombreciéndose para Petrarca. Repetidas veces volvió á él, encontrándolo en cada viaje más triste, más solitario. Laura ya no era más que un fantasma. Sus amigos y protectores de Aviñón habían muerto ó se habían alejado. Hasta un vecino del pueblo que le servía de doméstico largos años, y sin saber leer manejaba sus libros ayudándole por instinto en las eruditas rebuscas, moría también.