—Su hija vivía en Florencia y le llamaba. Su hijo Juan le había dado muchos disgustos con los escándalos de su juventud licenciosa, acabando por morir prematuramente. Además, los Papas de Aviñón se decidían á trasladarse á Roma, realizando al fin el ideal patriótico al que había dedicado Petrarca la mayor parte de su existencia... Y abandonó Vaucluse para siempre, instalándose en la italiana Arqua porque tenía cierta semejanza con este lugar á causa de sus aguas y sus arboledas. Había dejado aquí su amor, su juventud, la mejor parte de su vida: aquí había escrito sus obras más famosas.
Para olvidar su vejez, se dedicaba ardientemente al trabajo, llegando á emplear hasta cinco secretarios á un mismo tiempo en su retiro de Arqua. Y una tarde, como el soldado que muere de pie apoyado en su lanza, lo encontraron inánime en su biblioteca, caído sobre un libro. Tal vez, en esta agonía rápida y solitaria, su último pensamiento fué para Vaucluse.
Rosaura le hizo callar con exagerada indignación.
—Borja, ¡por Dios! no hable de la muerte. Deje vivo á Petrarca. Los poetas no deben morir. Y vivamos nosotros también, gozando la hermosura de la hora presente, en absoluto olvido de lo que puede venir luego.
Comieron con una alegría de vagabundos que encuentran buena posada en su camino. El propietario del «Jardín de Petrarca» saludó confuso al oir los elogios que una señora tan elegante dedicaba á su pobre cocina. Borja miró con asombro la botella de «Châteauneuf». Ya estaba vacía y aún no les habían servido el pollo asado. Pidió otra, á pesar de la risueña protesta de su acompañante.
—No, Claudio, sea usted prudente. Este vino es muy fuerte y nos va á embriagar.
El dueño del restorán, confiando el servicio á dos muchachas, empezó á conversar con el chófer, que comía en una mesa lejana, oculta por unos árboles.
—Es una gran señora—le dijo el español—, ¡y tan generosa, tan sencilla con los de su casa!...
Dulcemente turbados por el ambiente y el vino de los Pontífices, miraban Rosaura y Claudio alrededor de ellos, cual si quisieran fijar para siempre en su memoria las bellezas del rumoroso paisaje. Más allá del rectángulo de sombra proyectado por un toldo á rayas, trazaban los árboles sobre el asfalto del suelo manchas inquietas de oro luminoso. Todos ellos habían sido invadidos por las plantas trepadoras, manteniendo sus troncos ocultos bajo un forro vegetal. Se inclinaban sobre el río, que era azul en su parte media y verde en las orillas, por el reflejo de los apretados matorrales.
Un peñasco en mitad de la corriente cortaba su alborotado curso, haciéndola derrumbarse en caídas espumosas por ambos lados de su negra masa. Estos raudales entonaban una melopea interminable, que servía de fondo armonioso á las otras voces de la Naturaleza. Al recobrar más abajo su transparencia, se formaban en el agua nítida pequeños remolinos semejantes á flores de cristal. También surgían de su fondo enjambres de burbujas blancas volando cual si fuesen mariposas del río. En los remansos desaparecía el lecho bajo masas de plantas acuáticas con hojas verdes y prolongadas, iguales á las del laurel.