Borja se creyó galvanizado por una energía extraordinaria, sintiendo al mismo tiempo la comezón de la inquietud. Estaban solos. Su compañera parecía otra mujer, con los ojos muy brillantes, la risa de tono varonil, y una confianza descuidada en sus palabras, cual si los dos perteneciesen al mismo sexo. Cierta dualidad interior, surgida siempre en los momentos críticos de su existencia, le hacía dudar. Una voz que él solo podía oir le daba consejos. «Vas á hacer una tontería. Vas á perder una amistad agradable... Te avergonzarás al darte cuenta de tu acción ridícula.»

De pronto se vió cogiendo por encima de la mesa una mano de Rosaura é intentando besarla.

—¡No, Borja!—protestó ella, súbitamente grave—. No sea niño. Va usted á hablarme de amor, de la felicidad de vivir aquí juntos... ¡música conocidísima! lo que podría decirme el último necio del mundo en que vivo... ¡Y usted se cree un hombre de talento!... Suelte mi mano. Un beso en la mano no significa nada; me los dan á cientos como saludo, lo mismo que á las otras mujeres. Pero aquí no lo tolero. Aquí significa otra cosa.

Y sacó su mano con rudo tirón de entre las dos que la acariciaban.

—Usted no me creerá—contestó él humildemente—, y sin embargo todo lo que le diga ahora no puede ser más cierto. ¿Se imagina que sólo nos conocemos desde que la vi en Madrid?... Error; yo la conozco desde que empecé á pensar. La he visto siempre, la he estado esperando toda mi vida, y ahora que al fin cruza usted mi camino se burla de mi admiración, me cree uno de tantos que la habrán buscado únicamente por el deslumbramiento de su belleza.

Ella rió de la seriedad con que el joven profería tales palabras.

—Tome su café, Claudio—dijo maternalmente—. Pasemos tranquilos este día tan hermoso. No crea que me ofenderé si deja de hacerme la corte. Al contrario, deseo que hablemos como dos amigos. Tráteme lo mismo que si fuese un camarada.

Pero Borja, enardecido por sus propias palabras, no pudo tranquilizarse.

—¡Cuánto ha tardado usted en llegar!—prosiguió—. La conozco mejor que usted misma. Eternamente será joven, y sin embargo tiene miles y miles de años. Es tan antigua como el mundo, tan remota como la vida.

Aquí Rosaura empezó á reir y le hizo un saludo irónico: