—¡Qué galanterías tan nuevas! Vieja... antigua... miles de años... Muchas gracias; es usted muy amable.
El joven continuó, como si hablase para sí mismo:
—La he visto en los libros, en los cuadros, en todo lo que soñaron los hombres para concretar la suprema hermosura. Usted es Venus, es Helena, es la gracia y la tentación que embellecen la vida. Usted no envejecerá nunca; tiene la inmortalidad de los dioses.
Ella agitó su cabeza con graciosos movimientos de aprobación.
—Eso está mejor. Se ha enmendado usted y dice cosas más agradables. Puede seguir...
Una música vulgar, alegre, de ritmo frívolo, rasgó de pronto el rumoroso coro de las aguas y las hojas. «El Jardín de Petrarca» poseía un piano eléctrico, como todos los merenderos establecidos en las inmediaciones de las ciudades, y su dueño creyó llegado el momento de hacerlo funcionar al ver que sus dos únicos clientes habían terminado el almuerzo.
Los pies de Rosaura empezaron á moverse al compás de esta música regocijada y mediocre, golpeando el suelo con sus altos tacones.
—Vamos á bailar—dijo.
Y Borja se vió danzando en el espacio asfaltado, junto á una orilla del río de Petrarca. En su brazo derecho se apoyaba con abandono voluptuoso el talle de la criolla. Ésta había echado su busto atrás, como si temiese algún atrevimiento de su danzarín. Al mismo tiempo le complacía la posibilidad del peligro, por el gusto de rechazarlo.
Era ella la que dirigía los movimientos de su compañero. Amaba el baile. En París frecuentaba los tés donde se danza, y Claudio se había mantenido casi siempre en tales fiestas como un lejano y tranquilo curioso.