A partir de este momento, la conversación entre los dos fué triste y lenta. En vano ella pretendió alegrar á Borja con sus risas y sus correteos. Quiso embarcarse en una lancha automóvil llamada La Bella Laura, que hacía pequeñas excursiones por el Sorges. El dueño del restorán explicó que su motor lo estaba reparando un mecánico de Aviñón.
—Entonces vámonos—dijo, haciendo señas á su chófer, sentado ya en el pescante del automóvil, frente á la portada del restorán—. Usted, Petrarca mío, está de mal humor, y conviene que pierda de vista un paisaje hermoso que ahora parece detestar. En Aviñón será usted otro. Me contará cosas interesantes de su compatriota Luna y de la pelea entre los Papas, con otras historias completamente nuevas para mí.
Volvieron á la ciudad por el mismo camino. Borja permaneció silencioso al principio ó contestó con breves palabras á las preguntas de su compañera. Luego, como si la proximidad del cuerpo adorable sentado junto á él, con el que le ponían en íntimo contacto los vaivenes del vehículo, resucitase las vehemencias de su deseo, volvió á hablar de aquel amor que él consideraba sobrehumano, revistiéndolo de fantasías históricas y literarias.
Venus Lilit le contestó gravemente, mostrando en su tono algo agresivo un propósito de terminar para siempre con tales peticiones.
—¡Ah, español! ¿Es que una mujer no puede ir á ninguna parte con un hombre, sin que éste le hable de amor, exigiendo ser correspondido, lo mismo que un sultán que ha puesto sus ojos en una odalisca?... ¿Es imposible que vivan en plácida tranquilidad, como dos amigos?... Le hablo muy seriamente, Claudio. Ha sido para mí una suerte encontrarlo en Aviñón. Me cuenta usted cosas muy interesantes; su conversación me hace olvidar otras preocupaciones; pero si continúa molestándome con esas tonterías de niño caprichoso, mañana á primera hora me marcho á la Costa Azul... y no me verá más.
VI
El nacimiento del cisma
Rosaura siguió con sus ojos á un grupo de viajeros que, atravesando la plaza del Palacio, subía por la escalinata de éste. Eran las diez de la mañana.
—Gente para nuestro amigo el felibre—dijo sonriendo—. El «idealista» va á empezar sus discursos ante los ventanales y entonará su canción á Magalí en la Gran Capilla.
Borja acogió con un gesto de indiferencia el recuerdo del guía verboso. Estaba ocupado en explicar á su compañera cómo el sexto y el séptimo Papa se alejaron de Aviñón, dando origen sin quererlo, el último de los dos, á la larga pelea eclesiástica llamada el Gran Cisma de Occidente.
Habían salido del hotel, por creer más oportuno el joven hablar de todo esto frente al palacio ó paseando por los jardines que embellecen ahora el peñasco de Doms, árido y feo en otros siglos, situado entre la vivienda de los Pontífices y el Ródano.