Las Grandes Compañías, tropas de mercenarios licenciados, representaban un peligro para los Pontífices. Saqueaban abadías y pueblos, y la ciudad del Ródano, famosa por sus riquezas, era el principal objeto de sus asechanzas. Para defenderla se veían obligados los Papas á mantener un ejército extraordinario, gastando además gran parte de sus rentas en construir fortalezas. Así habían surgido del suelo los hermosos baluartes de Aviñón.
—El famoso Duguesclín—continuó—, héroe de la historia francesa, que fué algo bandido, como todos los hombres de armas de entonces, venía con sus tropas á situarse en las inmediaciones de esta ciudad. El pretexto era solicitar para él y sus soldados la bendición del Papa, pero exigiendo encima un tributo enorme, una especie de rescate, merced al cual se comprometía á seguir adelante sin daño para el Pontífice, y éste tuvo que aceptar tan costosa humillación.
Por culpa de las Grandes Compañías se sentían los Papas tan inseguros junto al Ródano como en Italia. Del otro lado de los Alpes seguían llegando reclamaciones y consejos de los que deseaban la traslación de la Santa Sede á Roma. Petrarca, ya anciano, repetía desde su retiro de Arqua las mismas imprecaciones de su juventud. Los escritores italianos le hacían coro, calumniando las costumbres de la corte de Aviñón y la conducta de los Papas. Al fallecer Clemente VI, el más famoso de ellos, á causa de una dolencia corriente, todos en Italia propalaban que su muerte era debida á una enfermedad vergonzosa.
Las campañas del cardenal Albornoz habían pacificado los Estados de la Iglesia. El Papa podía vivir en Roma con tranquilidad, según afirmaban los romanos. La futura Santa Brígida, una condesa sueca que hablaba siempre en nombre de Dios y había visitado el purgatorio y el infierno para describirlos en sus libros, se unía á este coro de protestas.
—Amaba á Italia como una turista de nuestro tiempo; vivía en Roma ó en Nápoles, lo que le hacía considerar la causa de los italianos como propia. Urbano V no pudo resistirse á esta continua sugestión venida del otro lado de los Alpes, y decidió transferir la Santa Sede á Roma. Quiso además aprovechar la circunstancia de que Duguesclín había pasado á España para hacer la guerra á don Pedro el Cruel y entronizar á su hermano bastardo don Enrique de Trastamara, lo que purgó el Mediodía de Francia de las famosas Compañías. Sin esto el viaje hubiera resultado peligroso. El séquito papal llevaba valiosos objetos del tesoro de los Pontífices y respetables cantidades de dinero. Los aventureros habrían solicitado otra vez la bendición del Papa, guardándolo preso para apoderarse de sus riquezas.
Al llegar Urbano V á Marsella, los más de sus cardenales se resistieron á seguirle hasta Roma; pero acabaron por obedecer cuando les anunció que elegiría á otros. El viaje lo hizo por mar sin grandes dificultades, viéndose recibido en la Ciudad Eterna con entusiasmo por unos y con hostilidad ó hipocresía por otros, según favorecía ó estorbaba el regreso del Pontífice sus ambiciones é intereses. Pronto se convenció de lo ilusorias que eran las seguridades ofrecidas por los italianos. Tuvo que levantar tropas para reprimir varias insurrecciones en las ciudades papales. Visconti y otros príncipes del Norte, que habían sido mantenidos á distancia por Albornoz, empezaron á invadir los Estados de la Iglesia.
Varios soberanos de la cristiandad visitaron á Urbano V en su residencia de Roma: la reina Juana; el emperador de los griegos Juan Paleólogo; Lusignan, rey de Chipre; el emperador de Alemania Carlos IV, que sirvió de diácono al antiguo Papa de Aviñón al decir éste su misa ante el altar de los Pontífices en San Pedro, tantos años olvidado. Dichas visitas y el entusiasmo de los romanos, ansiosos de ver llegar los tributos de la cristiandad, no impidieron que el Papa pensase con frecuencia en las desgracias de su país y en su segura y tranquila ciudad del Ródano. La llamada guerra de los Cien Años entre Francia é Inglaterra, que había quedado adormecida, iba á recomenzar de un modo fatal para los franceses, no cambiándose su curso hasta medio siglo después, con la intervención de Juana de Arco.
Decidió Urbano V volver á Aviñón, á pesar de las declamaciones de Petrarca, de los ruegos de los romanos y de las visiones de Santa Brígida, la cual le anunció su muerte inmediata si abandonaba á Italia.
—La segunda mitad del siglo XIV y la primera del XV—dijo Claudio—fué una época dirigida por visiones de mujeres que se consideraban inspiradas por Dios. La mayoría de los hombres se dejó guiar por los consejos y exhortaciones de estas videntes. Santa Brígida tuvo como imitadoras á la varonil Catalina, hija de un tintorero de Siena, y á su propia hija Catalina, que fué luego santificada, como su madre, con el nombre de Santa Catalina de Suecia. En la época del papa Luna, otra mujer, Santa Coleta, interviene en el cisma para defender la legitimidad de este Pontífice, y años después aparece la más extraordinaria de todas ellas, la célebre Juana de Arco.
Santa Brígida gozaba de gran popularidad en Italia. La «condesa sueca», como la llamaban los italianos, era rica, gastaba mucho en sus viajes, y á la gente del país le placían los santos con dinero. Parienta de la dinastía reinante en Suecia, la casaron en su juventud con otro gran señor del país, igualmente místico, lo que no les impidió tener nueve hijos. Al regreso de una peregrinación á Santiago de Compostela, los dos acordaron separarse para siempre. Él se hizo monje y ella continuó sus viajes de carácter religioso, seguida de toda su numerosa prole.