Vivió en Jerusalén y otras poblaciones de Oriente, mas sus lugares predilectos fueron Nápoles y Roma. Escribió libros relatando sus visiones. Estuvo en el infierno sin moverse de la tierra, gracias á una imaginación potente y desarreglada, en la que se nota la influencia del poema del Dante. Sus libros fueron considerados heréticos en el momento de su aparición, y únicamente años adelante, cuando la andariega condesa fué santificada por los Papas de Roma, se vieron limpios de tal pecado.

—Era una santa terrible, que parecía guardar la muerte en su bolsillo para distribuirla á su gusto. La reina Juana la recibió en su corte en atención á su linaje. Uno de los hijos de Brígida era un hermoso mancebo, tal vez blanco y rubio como casi todos los de su raza, y la caprichosa reina, ahita sin duda de napolitanos morenos, fijó sus ojos en el doncel escandinavo. La mística condesa adivinó inmediatamente los deseos de la reina: «Señor, antes de que mi hijo caiga en el pecado, llévatelo á una vida más santa.» Y su hijo murió á los pocos días. Los mismos buenos deseos le inspiraba Urbano V al abandonar la ciudad de Roma. Santa Brígida le anunció una pronta muerte si regresaba á Aviñón, y así fué. Es verdad que alguna vez había de morir, y su frágil salud, unida á lo penoso del viaje, no hacían aventurada la profecía.

Ochenta y seis días después de llegar á su antiguo palacio de Aviñón murió Urbano V, y su cadáver fué llevado al monasterio de San Víctor, en Marsella, del cual había sido abad. Un día bastó al cónclave para nombrar nuevo Papa, Gregorio XI. Sólo tenía treinta y nueve años, y su padre, un señor laico, pudo ver sucesivamente á su hermano y á su hijo Pontífices. Este hermano había sido el famoso Clemente VI.

Él mismo pudo ser Papa, de querer ingresar en la vida eclesiástica, pero se negó á ello y fué su hijo quien ascendió al trono pontificio. Como muchos de los príncipes de la Iglesia, no era más que cardenal diácono, y en los días siguientes á su elección lo ordenaron sacerdote, lo consagraron obispo y lo coronaron finalmente con el nombre de Gregorio XI. Siguiendo la costumbre de los Papas de Aviñón, recorrió las calles de la ciudad al frente de una gran cabalgata, llevando en su cabeza la famosa tiara de San Silvestre y montado en un corcel cuya brida sostenía el duque de Anjou, hermano del rey de Francia.

Inmediatamente empezaron á llegar embajadores italianos para pedirle que volviese á Roma, afirmando que la ciudad entraría en orden con sólo su presencia. La peste apareció por tercera vez en Aviñón, causando grandes estragos, y Gregorio XI tuvo que abandonar su palacio, instalándose en Villeneuve. Además, las Compañías saqueaban los pueblos inmediatos, robando á las multitudes devotas que venían en busca de la bendición papal, lo que obligó al Pontífice á repetir los anatemas de su antecesor contra dichas bandas de soldados ladrones.

Catalina, la hija del tintorero de Siena, se presentó en Aviñón, enviada por los florentinos para un asunto de su República. Las comadres de Siena no podían creer en su importancia. La habían visto de pequeña; era la Benincasa, la hija de Mona Lapa, la hermana de unos pobres tintoreros que habían hecho quiebra; pero más allá de su país, en Florencia, en Roma, era ya célebre por sus éxtasis proféticos. Mujer de gran voluntad y de un lenguaje rudo y atrevido, se decía enviada por Dios para realizar la gran empresa de su época, el retorno de la Santa Sede á Roma.

La corte aviñonesa la recibió hostilmente. Cardenales y altos funcionarios miraron con desprecio á esta plebeya andariega y verbosa. Las damas pertenecientes á la familia papal, las sobrinas de cardenales ó esposas é hijas de burgueses ricos de Aviñón, pasaron por la antecámara del Pontífice para ver de cerca, con irónica curiosidad, á esta mujer mal vestida y de ademanes varoniles, tan diferente á ellas, que arrastraban al andar sedas, brocados y armiños, dejando una estela de perfumes.

—Respondió la vidente á sus burlas con rudezas. Tenía algo de las cantineras heroicas que de pronto se ven entre las damas de una corte por haber ascendido sus maridos á generales. A ella lo que le interesaba era hablar á solas con el Papa, varón irresoluto, en el que hacían honda mella sus consejos, algo insultantes, de hembra enérgica enviada por Dios.

En 1376, Gregorio XI se decidía irrevocablemente á volver á Roma, y nadie pudo retardar dicho viaje. En vano su padre se tendió á través de la puerta de la cámara papal para impedir que partiese. El Pontífice, marchando como un hipnotizado, pasó sobre él. Al montar frente al palacio, su caballo se encabritó y no quiso avanzar, teniendo sus escuderos que buscarle otro. Las gentes de Aviñón decían á gritos que tal viaje era contra la voluntad de Dios. Fué inútil que el rey de Francia enviase á su hermano para retener al Papa. Éste se embarcó en Marsella, donde le aguardaban treinta y dos galeras y otros barcos auxiliares que los caballeros de San Juan de Jerusalén habían puesto á su disposición.

Resultó horrible la travesía, como si verdaderamente marchase la flota contra los elementos, sublevados por una voluntad extrahumana. Navegó siempre con tempestad, teniendo que hacer largas escalas en Villefranche, Génova, Liorna, Piombino y otros puertos de la costa italiana. Algunas de las naves naufragaron á la vista del Pontífice, ahogándose muchos personajes de su séquito.