Al fin, después de dos meses y medio de navegación, llegó el Papa á Ostia, remontó el Tíber con sus maltrechas galeras é hizo una entrada solemne en Roma. Pronto pudo convencerse de que esta pompa era ficticia y encubría igual inseguridad que el otro recibimiento hecho á su antecesor. Le habían engañado sobre la aparente sumisión de la aristocracia romana. Los bannerets, jefes feudales de los doce distritos de la ciudad, acostumbrados á mandar como señores absolutos en sus jurisdicciones, habían depositado á los pies del Papa sus banderas como signo de vasallaje, pero esto no era más que un simulacro. Siguieron gozando de su jurisdicción despótica y desobedeciendo al Papa siempre que les convino. Las poblaciones de los Estados pontificios se sublevaron igualmente bajo la influencia de sus pequeños tiranos.

Gregorio XI tuvo que vivir de otro modo que en la tranquila Aviñón para pacificar estas revueltas y sostener en pie el fantasma de una fingida autoridad. Sintiéndose enfermo de muerte, adivinó los peligros á que iba á quedar expuesta la Iglesia después de su desaparición, si el cónclave se celebraba en Roma. Los bannerets decían á gritos que estaban decididos á no aceptar un Papa que no fuese romano, ó á lo menos italiano. Así volverían á su ciudad las riquezas monopolizadas por la «Babilonia del Ródano».

Alarmado el Pontífice, quiso volverse á Aviñón, como lo había hecho su predecesor, y ordenó secretamente los preparativos del viaje. Se mostraba arrepentido de haber dado fe á consejos de «mujeres visionarias», lamentando públicamente tal debilidad, pero la muerte le sorprendió antes de que pudiera marcharse de Roma.

Para remediar los peligros más inmediatos, había firmado una Bula en la que ordenaba á los cardenales residentes junto á él que eligiesen un Papa con la mayor celeridad, sin esperar á sus colegas que se habían quedado en Aviñón, reuniéndose para ello donde se considerasen más seguros, en Roma ó fuera de ella.

Pronto se vió que los temores del difunto eran ciertos. Los romanos detenían á los cardenales á la salida de las iglesias para gritarles con tono amenazante: «Nombrad un Papa romano, ó á lo menos italiano, pues nuestra ciudad está viuda desde hace sesenta y ocho años.»

Otros, más francos, decían: «Desde que murió Bonifacio VIII Francia se atraca de un oro que pertenece á Roma. Ha llegado nuestro turno, y queremos hartarnos del oro francés.»

Cuando, pasada la novena reglamentaria, se abrió el cónclave, el 7 de Abril de 1378, la ciudad estaba en plena revuelta. En las inmediaciones del palacio papal se aglomeraba una enorme muchedumbre, todo el populacho romano y servidores de personajes feudales que atizaban la insurrección, obedeciendo á sus señores.

Los cardenales, al dirigirse al cónclave, tenían que pasar entre sus amenazas. «Si no nos dais un Papa romano ó italiano moriréis todos», clamaban millares de voces.

Apenas los conclavistas empezaron sus deliberaciones, una diputación de los bannerets vino á decirles: «Elegid cuanto antes un Papa italiano, ó si no, el pueblo hará vuestras cabezas más rojas que vuestros capelos.»

En vano algunos de los cardenales protestaron contra estas imposiciones. «Con vuestras amenazas, señores romanos, no conseguiréis más que viciar nuestra elección, y en tal caso, en vez de un Papa tendréis un intruso.»