La revuelta creció fuera del palacio. Todas las campanas de Roma tocaron á rebato; empezaron á llegar grupos con armas, y finalmente las puertas del palacio fueron derribadas, penetrando las turbas en los salones del cónclave.
—Hay que tener en cuenta—prosiguió Borja—cómo eran muchos de estos príncipes eclesiásticos, de vida muelle y grandes riquezas, acostumbrados á verse obedecidos y á no correr peligro alguno. Los más se asustaron al oir que la muchedumbre romana rompía las puertas, profiriendo amenazas de muerte. Once cardenales eran franceses, cuatro italianos y uno español, Pedro de Luna.
Éste, en su primera juventud, había hecho la guerra en Castilla contra don Pedro el Cruel. Era tenaz y valeroso, á pesar de la pequeñez de su cuerpo, y fué el único cardenal que no huyó, saliendo al encuentro del populacho agresivo.
Aterrados los conclavistas por el peligro, no sabían qué hacer. El griterío y el avance de las masas amotinadas no les permitía deliberar con tranquilidad. Creyeron salir del paso con una fingida entronización para engañar momentáneamente al pueblo y reunirse en otra parte. Para ello echaron la capa pontificia sobre los hombros de uno de los cuatro conclavistas italianos, el cardenal de San Pedro, que era de una extrema ancianidad. El octogenario, asustado, empezó á dar gritos: «Yo no soy el Papa... No quiero ser Papa.»
Entonces acordaron rápidamente nombrar á Bartolomé de Prignano, arzobispo de Bari, que no era cardenal, y á quien muchos de ellos apenas conocían. Les bastaba que fuese italiano. Y después de tan precipitado acuerdo cada príncipe de la Iglesia se fué por donde pudo, refugiándose los más en el castillo de San Angelo, mientras el pueblo invadía los salones del cónclave, robando todos los muebles, las ropas y otros objetos de los electores papales. Sólo al día siguiente, después de varias entrevistas y muchas promesas, doce cardenales se decidieron á salir del citado castillo para entronizar á Prignano, que tomó el nombre de Urbano VI.
—Es indudable—continuó Borja—que á pesar de los vicios de esta elección forzada, los cardenales, deseosos de no recomenzar otra por miedo al populacho, se habrían resignado á obedecer al Papa de origen dudoso. Pero Urbano VI, un napolitano que hasta entonces había sido hombre razonable, perturbado por su inesperada elevación, empezó á proceder como un loco violento. Trataba á sus cardenales y allegados con inexplicable brutalidad, llegando algunas veces á levantar la mano contra ellos. Mientras vivió Catalina de Siena, ésta y la otra Catalina, hija de Santa Brígida, le impusieron cierta prudencia con sus exhortaciones. Años después, al verse libre de tal vigilancia, se entregó á los arrebatos sanguinarios de su demencia, llegando á ordenar el tormento y la muerte de algunos cardenales nombrados por él, á causa de creerlos vendidos á sus enemigos.
Cinco meses después de dicha elección, los mismos conclavistas que habían nombrado á Urbano VI, no pudiendo sufrir más tiempo sus tiranías, extravagancias é insultos, abandonaron Roma para reunirse en el castillo de Fundi el 20 de Septiembre, declarando nula la elección de Prignano y votando en su lugar al cardenal Roberto de Ginebra, un francés, que tomó el nombre de Clemente VII. Así empezó el Gran Cisma de Occidente.
Todos los cardenales acudieron á Fundi, absolutamente todos, hasta los italianos. Sólo faltó uno de estos cuatro, el octogenario cardenal de San Pedro, por haber muerto poco después del cónclave, sin duda á consecuencia del susto que le hizo sufrir la invasión de los amotinados. Como Urbano quedaba sin un solo cardenal, creó veintiséis (varios de los cuales fueron luego sus víctimas), y tomó á su servicio, como tropas mercenarias, muchas bandas de las que robaban y cautivaban á los viajeros en los caminos.
Clemente VII y sus cardenales, que eran todos los anteriores al cisma, decidieron volverse á Aviñón, donde habían quedado cinco de sus colegas después de la partida de Gregorio XI. El Papa de Aviñón fué reconocido por Francia, España, Portugal, Escocia, Saboya y el reino de Nápoles-Provenza. El Norte de Europa, por antagonismo con el Sur, reconoció al Papa de Roma. Existía también una razón política. Inglaterra y Alemania temieron que si triunfaba el Papa de Aviñón los reyes de Francia acabarían por ser emperadores, reivindicando la herencia de Carlomagno.
—El vulgo—siguió diciendo Borja—ha tomado la costumbre de llamar antipapas á los dos últimos Pontífices que residieron en Aviñón, pero la Iglesia no ha decidido nada formalmente sobre esto. Nunca ha dicho de un modo terminante si de los dos Papas que existieron al mismo tiempo en Roma y Aviñón, uno solo fué vicario de Jesucristo ó si los dos se repartieron durante cierto número de años la carga de gobernar al pueblo cristiano. Muchos historiadores no creen que se debe interpretar como decisión dogmática el hecho de que los nombres de los dos Papas que vivieron en Aviñón durante el cisma no figuren en el catálogo usual de los soberanos Pontífices. Ningún acto de la autoridad apostólica los ha designado nunca con el nombre de antipapas. Los concilios de Pisa y de Constanza, que se reunieron para acabar con el cisma, destronando á la vez al Pontífice de Aviñón y al de Roma, los atacaron duramente por su conducta, pero jamás les llamaron antipapas. Los designaban siempre con el título de «Papa en su obediencia de Aviñón» ó «Papa en su obediencia de Roma»: In sua obedientia Papa. La Iglesia ha creído prudente no acordarse mucho de aquel triste período de controversias é indisciplina. Además, lo que se pleiteaba era la validez de una elección, sin tocar ni de lejos las cuestiones dogmáticas. Todos eran igualmente observadores de la doctrina cristiana. Yo he oído decir á mi tío el canónigo y á otros varones de su misma clase, que resultaría temerario presentar la elección violenta de Urbano VI, en medio del desorden y las amenazas, como algo decisivo é inapelable que no pudo permitir meses después la elección libre y tranquila de otro Papa por el mismo colegio cardenalicio.