Como no eran sólo cardenales franceses los que habían elegido en Fundi á Clemente VII, uniéndose á ellos los cardenales nacidos en Italia, Catalina de Siena, partidaria del Papa de Roma, insultó á estos últimos llamándolos «malos italianos». Para dicha santa el cisma era un asunto de nacionalidad. La Iglesia, á pesar de ser universal, debía estar regida siempre por italianos, exclusivismo que ha acabado por triunfar; pero en el siglo XIV los eclesiásticos eran más libres y todo el cisma giró en torno al derecho que tenían los católicos, fuese cual fuese su país, para ocupar el Pontificado.

La vuelta del Papa á Aviñón reanimó la ciudad, que había empezado á decaer. Volvieron los soberanos á visitarlo en su palacio del Ródano. Hasta el rey de Armenia pasó con su cortejo por las calles de Aviñón para rendir homenaje á Clemente VII.

Tenía éste treinta y seis años cuando los cardenales fugitivos de Roma lo eligieron en Fundi. Por las mujeres de su familia estaba emparentado con el rey de Francia. Era de carácter intrépido, y al mismo tiempo hábil y conciliador. El cruel Urbano VI, al verse Pontífice por el miedo de los cardenales, le distinguió con un odio extraordinario. Sabía que de haberse verificado la elección pacíficamente, el cardenal Roberto de Ginebra hubiera sido el Papa electo. A causa de su juventud y sus costumbres de prócer, una vez lo llamó en público «rufián».

Murió Urbano VI, once años después de su discutible elección, en plena demencia persecutoria. Algunos de sus cardenales desaparecieron misteriosamente. Una vez se le vió pasear por un salón, leyendo con tranquilidad su libro de oraciones, mientras abajo sonaban los gritos de otros dos cardenales atormentados por orden suya.

El fallecimiento de Urbano VI en 1389 fué una ocasión inesperada para restablecer la paz eclesiástica. El rey de Francia y la Universidad de París se apresuraron á enviar emisarios á Roma para que no se reuniese nuevo cónclave, suprimiendo de este modo el cisma. Pero los cardenales improvisados por Urbano VI temían perder sus investiduras si se unificaba la Iglesia, y se apresuraron á votar un nuevo Papa, que tomó el nombre de Bonifacio IX.

—En adelante, los cardenales de una obediencia y de otra eligieron los Papas con rapidez, cuando aún no estaba enterrado el antecesor. Los de Roma dieron el ejemplo, y esto prolongó el cisma.

Clemente VII fallecía en su palacio de Aviñón á los diez y seis años de Pontificado. Pidió que lo enterrasen junto á uno de sus cardenales, Pedro de Luxemburgo, que había vivido como un asceta, no obstante estar emparentado con todos los reyes de su tiempo. Dicho santo, extremadamente joven, muerto á consecuencia de las privaciones que se impuso, ordenó que lo enterrasen en el cementerio de los pobres de Aviñón, pero tales multitudes acudieron á rezar sobre su tumba y tales prodigios obró desde ella, que sus restos acabaron por ser trasladados á un templo erigido en su honor.

—Éste fué uno de los varios santos para los cuales no ofreció duda alguna la legitimidad de los Papas de Aviñón en tiempos del cisma, y que manteniéndose bajo su obediencia realizaron grandes milagros.

Al morir Clemente VII, sus cardenales hicieron lo mismo que los de Roma, apresurándose á nombrar nuevo Papa. La corte de Francia envió una embajada á Aviñón para pedir que el cónclave se suspendiese, restableciendo de este modo la deseada unidad; pero llegó demasiado tarde, como cinco años antes le había ocurrido en Roma.

Los conclavistas aviñoneses no dudaron un momento en designar á su elegido, fijándose todos en el llamado cardenal de Aragón, español famoso por su entereza de carácter, sus estudios canónicos, su dialéctica infatigable, sus costumbres austeras. En una época que era espectáculo corriente ver á los príncipes eclesiásticos llevando la misma vida licenciosa de los señores laicos, el cardenal de Aragón no dió nunca el más leve motivo de escándalo por sus costumbres privadas. Se mantuvo dentro de las reglas virtuosas que la Iglesia impone á sus hombres, y eso que él era simple cardenal diácono para dedicarse con más libertad á los negocios de la política papal, y sólo se ordenó de sacerdote al día siguiente de su elevación al Pontificado.