De cómo el llamado «Papa de la Luna» se defendió cuatro años y medio en su palacio de Aviñón, acabando por vencer á sus sitiadores.

Atravesaron la plaza longitudinalmente, dejando atrás el palacio, y ascendieron por una nueva cuesta orlada de plantas floridas y altos árboles. El antiguo peñasco de Doms, de cuya aridez se burlaba Petrarca, era ahora un jardín.

Sin interrumpir su marcha, continuó Borja describiendo al héroe de su libro. Era sobrio y virtuoso en medio de la general corrupción del clero. Llegaba á la silla de los Pontífices con gran fama de polemista, muy versado en el Derecho canónico. Su vida irreprochable le hacía destacarse con singular relieve sobre los hombres de su época.

—Hasta sus adversarios reconocían los defectos de este varón tenaz como simples excesos de magníficas cualidades. Su habilidad política degeneró en retorcida astucia; su energía se mostraba inflexible, hasta convertirse en terco empeño. La independencia de su carácter, su celosa dignidad personal, se transformaron muchas veces en un orgullo insoportable para los que le rodeaban.

Nacido en Illueca, cerca de Calatayud, pertenecía á una de las más nobles familias de Aragón. Borja había visitado el castillo de Illueca, solar de los Luna, situado casi en la frontera de Aragón y Castilla. Como una lejana influencia mediterránea, este caserón de gruesos muros almenados, con saeteras y bocas para las bombardas, se mostraba embellecido por ancha faja de azulejos árabes, procedentes sin duda de Valencia. Su barniz luminoso en las horas de sol equivalía á una sonrisa sobre la faz ruda del castillo.

Pedro de Luna empezaba por ser soldado en su juventud. Como el emplazamiento de la fortaleza paternal le hacía interesarse en los asuntos de Castilla, había combatido contra don Pedro el Cruel, siendo compañero y guía de don Enrique de Trastamara cuando éste, después de su derrota en Nájera, atravesó disfrazado todo Aragón, hacia la frontera de Francia.

Después de tal fracaso, el joven Luna se dedicaba por completo al estudio, descollando en el Derecho canónico, ciencia que enseñó en la Universidad de Montpellier. Su nacimiento, su fama de canonista y la pureza de sus costumbres le hicieron avanzar en rango dentro de la Iglesia. Fué arcediano de Valencia, canónigo de otras catedrales en Cataluña y Aragón, y finalmente arzobispo de Palermo. Gregorio XI, el último Papa de Aviñón antes del cisma, lo elevó al cardenalato, y cuentan que, al darle el capelo, conociendo su recio carácter y su tenacidad, que podían degenerar en temibles defectos, le dijo bondadosamente: «Cuidad, don Pedro, que vuestra luna no se eclipse nunca.»

En el momento de su elección pontifical se negó repetidas veces á aceptar la tiara, dándose cuenta de que la hora era propicia á los hombres flojos y acomodaticios para transigir con el otro Papa residente en Roma, al que llamaban en Aviñón «el intruso», llegando á un acuerdo, fuese como fuese, para la unidad de la Iglesia. Pero los veinte cardenales vieron en este compañero de voluntad férrea el único que podía conseguir dicha unión venciendo á los adversarios.

—Existía un rudo contraste—continuó Borja—entre su alma y su aspecto físico. Era pequeño, de apariencia débil, enfermiza, y sin embargo, pocos hombres han poseído su vigor. Murió á los noventa y cuatro años, fué incansable para el trabajo y se mostró invencible en la discusión hasta una extrema vejez, pudiendo recordar las más intrincadas y lejanas cuestiones sin el auxilio de notas. En plena ancianidad, cuando se veía abandonado de los suyos, habló públicamente siete horas seguidas, haciendo la historia completa del cisma, sin que tal esfuerzo alterase su voz. Todos los retratos de su época lo presentan con ojos de escrutadora fijeza, sondeadores de la persona que tienen enfrente, la nariz muy aguileña y algo desviada. Este hombre que durante treinta años preocupó á Europa se nutría como un niño enfermo, mostrando únicamente preferencia por los platos ligeros y poco consistentes.

Antes de ser elegido Papa, juró, como los demás cardenales de Aviñón, hacer toda clase de sacrificios para terminar el cisma. Lo mismo juraban los cardenales de Roma al proceder á una elección papal. De una parte y de otra todo eran promesas generosas y nobles compromisos para dar fin á la guerra entre los dos Pontífices; mas cada bando, al pedir la unidad á gritos, exigía que el opuesto diese el buen ejemplo empezando por renunciar al Papado.