Como Luna se había mantenido en los primeros tiempos del cisma lejos de las disputas eclesiásticas, limitándose á viajar por España para que sus reinos se decidiesen á favor del Papa aviñonés, todos acogieron su ascensión al Pontificado como señal indudable de que iban á terminar las divisiones de la Iglesia.
En París, Barcelona, Toledo y otras ciudades fué celebrado el advenimiento de Benedicto XIII con solemnes procesiones á las que asistieron los reyes. La Universidad de París, que ejercía entonces tanta influencia como los soberanos, mostró igual confianza en el antiguo profesor de Montpellier. Nadie ponía en duda su abnegación. Era un Papa limpio de simonía y de nepotismo. En vez de acaparar dinero valiéndose de malas artes, daba con generosa largueza el que había heredado de su familia. Sus sobrinos fueron de un modo indudable hijos de sus hermanos, diferenciándose en esto de los sobrinos de otros Papas y cardenales. Rodrigo de Luna, el hombre de espada del nuevo Pontífice, que le acompañó en todas sus aventuras belicosas, era verdaderamente hijo de una hermana suya.
Los teólogos de la Sorbona de París empezaron á expresarse con cierta impaciencia al ver que transcurrían los meses y Benedicto XIII no renunciaba á su tiara.
Mostró Francia en esta cuestión del doble Papado una patriotería semejante á la de Italia al iniciarse el cisma. Mientras los Papas de Aviñón fueron franceses, la corte de Francia y la Universidad de París acogieron con paciencia todas las lentitudes y dilaciones en la resolución del conflicto. Clemente VII, el antecesor de don Pedro, pudo reinar diez y seis años frente á su adversario de Roma, sin que le diesen prisa para la terminación del cisma. Pero Luna era español, y al poco tiempo empezó á sentirse empujado rudamente por los teólogos de París, con cierto desacato para su autoridad. El mismo se quejó repetidas veces en conversaciones y en escritos del rigor con que le trataban, «tal vez por no ser francés».
Hubo entusiasmo en Francia durante los primeros meses de su Pontificado, porque sólo se tenían en cuenta las condiciones especiales de su persona. Luego fueron muchos los que empezaron á acordarse de que el nuevo Papa era el primer español que ocupaba la Santa Sede; y esto, unido á sus extraordinarias energías, le hizo ser mirado con inquietud y hostilidad. Tal vez iba á realizarse una afirmación paradójica de Petrarca al combatir al Papado de Aviñón. «La sede pontificia, que estuvo siempre á orillas del Tíber—decía el poeta—, se halla ahora junto al Ródano, y nuestros nietos tendrán que buscarla en las riberas del Tajo.»
Benedicto XIII empezó á dar algunos cardenalatos vacantes á prelados españoles de toda su confianza. Además, como si presintiese el porvenir, hizo que su sobrino Rodrigo reclutase en España ballesteros y hombres de armas para formar una pequeña guardia de soldados leales, no mercenarios, y que el Pontificado viviese independiente de la protección de los reyes.
Un concilio nacional se reunió en la Santa Capilla de París para tratar el asunto del cisma. Benedicto XIII tenía grandes amigos y no menos enemigos en el seno de la Universidad. Dos hombres de ciencia influían en la marcha de este cuerpo poderoso: Pedro de Ailly, que llegó á cardenal en los últimos años del cisma y sostuvo al principio con entusiasmo la causa del Papa de Aviñón, y el teólogo Gerson.
—Pedro de Ailly—dijo Borja—escribió sobre numerosas materias, pero su mayor mérito ante los tiempos modernos es haber resumido la geografía de su época en el libro De Imago Mundi, uno de los pocos volúmenes que Cristóbal Colón llevaba con él. Gerson, discípulo de Ailly, gozó la honra de ser tenido por algún tiempo como el autor probable de la anónima Imitación de Cristo. Este teólogo poderoso, unas veces se mostraba á favor de Benedicto, otras en contra, según las fluctuaciones de su fortuna, hasta que organizó el famoso concilio de Constanza, contribuyendo más que nadie á la derrota final del Pontífice.
La asamblea reunida en la Santa Capilla de París examinó las «vías», ó sea los procedimientos, para terminar con la existencia de dos Papas á la vez. Muchos defendieron la llamada «vía de convención», confiando en que ambos Pontífices, por medio de una entrevista, podrían llegar á la unidad de la Iglesia. La mayoría votó por la «vía de cesión», creyendo preferible que los dos adversarios empezasen por renunciar á sus tiaras y luego un gran concilio elegiría el Papa definitivo.
Francia envió embajadas á Aviñón y Roma para que los dos Papas renunciasen; mas como era de esperar, no aceptaron la «vía de cesión». Cada uno temía ser engañado si abdicaba el primero, creyendo que el otro, al verse solo, se mantendría con nueva fuerza en su puesto, insistiendo en su legitimidad.