Benedicto XIII recibió dos embajadas, la primera llamada «de los tres duques», por figurar á su cabeza los duques de Berri, de Borgoña y de Orleáns. Después la «embajada de los tres reyes», por estar representados en ella los monarcas de Francia, de Inglaterra y de Castilla.
Enrique III de Castilla, después de aceptar su intervención en dicha embajada, se mostró malhumorado, adivinando que en realidad todos estos trabajos iban dirigidos contra Benedicto XIII por ser español. En los reinos de Navarra y Aragón la misma sospecha había irritado el amor propio nacional, poniendo á sus reyes en guardia contra las gestiones iniciadas en París.
Ninguna de las dos embajadas obtuvo éxito en Roma ni en Aviñón. El Papa de Roma se mostraba tan intransigente como Benedicto XIII, y sin embargo sobre éste ejercieron una presión más ruda la corte de Francia y la Universidad de París, indudablemente por considerarlo bajo su dependencia.
—¿Por qué he de ser yo el primero en renunciar—preguntaba Luna—, cuando represento la legitimidad, más que el intruso que vive en Italia?...
El «intruso» era para muchos cortesanos y teólogos de París este Papa español que había surgido inesperadamente al final de una serie de Pontífices de Aviñón, todos franceses. Pero también contaba al mismo tiempo con amigos decididos en la corte de Francia, siendo el más importante de ellos el duque de Orleáns, hermano del rey. Desde que fué á Aviñón formando parte de la «embajada de los tres duques», se mostraba muy devoto de Benedicto, y continuó siendo su más firme sostenedor hasta el momento en que lo asesinaron.
En medio de estas peleas sordas, que ya duraban cuatro años, ó sea desde su elevación al Pontificado—entonces las negociaciones marchaban con mucha lentitud—, tuvo Luna unas semanas de alegría y confianza, y el pueblo de Aviñón gozó de un espectáculo ostentoso, como en los mejores tiempos de Clemente VI.
Don Martín, rey de Sicilia, acababa de heredar la corona de Aragón, y mientras su flota descansaba en Marsella, hizo un viaje á la ciudad papal, llevando como séquito todos los guerreros de sus galeras y los señores de su corte. Otra vez desfilaron por las calles de Aviñón huestes cubiertas de hierro sobre caballos acorazados como hipogrifos. El vecindario admiró á Benedicto como un pariente de monarca tan poderoso, viendo en su ejército un sostén de la autoridad papal.
—Este don Martín, llamado «el Humano» por sus gustos y costumbres—continuó Borja—, es una de las figuras más originales de aquella época. Sus pueblos le apodaban «el Capellán» á causa de su afición á las letras divinas y de su gusto por las ceremonias religiosas. Yo he visto el palacio que se hizo construir dentro del monasterio de Poblet, en Cataluña, para vivir en la amable sociedad de frailes doctos durante sus temporadas de descanso. Le gustaba cantar ante el facistol. Carlomagno hacía lo mismo, y entre los emperadores de Bizancio hubo algunos que se levantaban antes del alba, temblando de frío, para actuar como chantres en la capilla de su palacio. En aquellos tiempos no había ópera, y los grandes señores amantes de la música se refugiaban en el canto litúrgico, hablando de dicho arte con monjes y canónigos.
No obstante ser don Martín extremadamente gordo, á causa de sus costumbres sedentarias y su afición á la buena mesa, ofreció majestuoso aspecto al hacer su entrada sobre un corcel de guerra. El Papa le dió la Rosa de Oro, y siguiendo las tradiciones de la ciudad, la paseó á caballo por las calles entre aclamaciones de la muchedumbre. Transcurridas unas semanas, se fué á su tierra para ceñirse la corona aragonesa, y otra vez reaparecieron inquietudes é imposiciones, después de tan brillante visita.
Benedicto XIII hizo frente á las amenazas veladas y las órdenes algo despectivas que le dirigían desde París para que fuese el primero en renunciar.