Una gran parte del vecindario aviñonés, influenciada por los cardenales, empezó á conspirar contra el Papa. Su defección imposibilitó la resistencia en todo el recinto amurallado de la ciudad. Los defensores de la torre que cerraba el puente de San Benezet tuvieron que retirarse después de varias semanas de continuos asaltos, volando antes dicha fortaleza. A sus espaldas, los aviñoneses enemigos del Papa habían entregado á los sitiadores una parte de las murallas.

Boucicaut entró en la ciudad, titulándose desde entonces «capitán de Aviñón». No le quedaba á Luna otro refugio que su palacio, y en él se encerró con los cinco cardenales que le seguían fieles: uno italiano y cuatro españoles.

—Un nuevo instrumento de guerra acababa de aparecer: la bombarda, ó sea la primera pieza de artillería. Europa la conoció por mediación de España, lo mismo que el papel, sin el cual la imprenta habría resultado un descubrimiento insignificante. La pólvora y el papel, inventos chinos, los conocieron los árabes en el siglo IX, cuando derrotaron en Samarcanda á un gran ejército del emperador de la China que pretendía desalojarlos de su conquista, haciéndole gran número de prisioneros. Los árabes de España establecieron las primeras fábricas de papel en Europa y emplearon el cañón en los asedios de las ciudades uno ó dos siglos antes de que se les ocurriera á los cristianos, jinetes vestidos de hierro, adoptar dicha arma. Un plazo casi igual transcurrió entre la aparición de la bombarda y el uso de las armas de fuego portátiles. En los siglos XIV y XV sólo se empleaba el cañón, pesado y de manejo difícil, en los sitios de las fortalezas, mientras los hombres conocían únicamente como arma portátil de tiro la ballesta y el arco... Fué aquí donde hizo una de sus primeras apariciones el cañón, para combatir al tenaz don Pedro de Luna.

Se detuvieron en una meseta del jardín, viendo á sus pies la catedral y el palacio. Borja señaló los diversos edificios que circundaban la plaza. También describió la torre de la catedral tal como era en aquellos tiempos, sin la imagen dorada que ahora le servía de remate, con almenas y defensas salientes. Todas las iglesias de construcción sólida acababan en aquel siglo por convertirse en fortalezas.

Sobre las alturas circundantes se situaban los enemigos del Papa, creyendo apoderarse de él con un sitio de breves días. La ciudad entera se mostraba ahora contra Benedicto. Aún le quedaban muchos partidarios; pero éstos, intimidados, permanecían en silencio. Las tropas de Boucicaut gritaban en las calles que el rey de Francia había depuesto al español por «hereje», y además le llamaban «patarin», que era el apodo de los antiguos albigenses. Todos pretendían ridiculizar el ilustre apellido del Papa llamándole «Pedro de la Luna y del Sol».

Los aviñoneses enemigos del Pontífice convencían á sus compatriotas tibios ó neutrales, afirmando que el rey de Francia iba á cerrar el puente, sitiando por hambre á Aviñón si no tomaban todos partido contra el español.

Gritaba el populacho: «¡Mueran los catalanes!», por creer de Cataluña á todos los servidores, soldados y amigos del Pontífice. Algunos de los cardenales rebeldes, dando al olvido juramentos y beneficios, corrían las calles de Aviñón á caballo y con espada al cinto, seguidos de hombres de armas que vociferaban: «¡Viva el Sacro Colegio!»

—Y Pedro de Luna—continuó Borja—empezó una resistencia que iba á durar cuatro años y medio. Había previsto la posibilidad de tener que defenderse en su palacio, reuniendo discretamente todo lo necesario para dicha resistencia, víveres, máquinas de guerra, municiones, artilleros, y sobre todo hábiles ballesteros que pidió en pequeños grupos á los diversos colectores de rentas eclesiásticas en Cataluña y Aragón. Eran unos trescientos hombres los que se encerraron en este palacio dispuestos á morir. He leído una lista de ellos, escrita por un contemporáneo, en la que se mencionan sus calidades de prelados, clérigos ó simples combatientes. La mayoría fueron aragoneses, catalanes, valencianos, castellanos y navarros. Figuran también en la lista siete franceses, seis ingleses y cinco alemanes. Un catalán, Arnaldo Vich, aparece mencionado con este título: «Presbítero bombardero».

Las ventanas quedaron cegadas con muros, abriendo en ellos angostas aspilleras, que vomitaban proyectiles sobre los sitiadores. Los cinco cardenales, con los abades y obispos encerrados en el palacio, vigilaban á la guarnición, arengándola. El mismo Pontífice, que al empezar el sitio tenía setenta años, acordándose sin duda de las guerras de su juventud, se presentaba en los lugares de mayor peligro, animando á sus defensores con promesas de indulgencias y otros premios más terrenales.

Respondían los soldados del palacio con bombardas, ballestas y hondas al ataque de los sitiadores. Éstos habían ocupado los edificios inmediatos, muchos de ellos viviendas cardenalicias con altas torres, desde las cuales podían hacer un fuego nutrido de cañón. Había guardado el Papa enorme cantidad de leña en su palacio; mas los sitiadores, valiéndose del llamado «fuego griego», incendiaron tal depósito, dejando á la guarnición en la imposibilidad de cocer sus alimentos.