Hubo que derribar pisos para aprovechar sus vigas como leña. Además, los víveres escaseaban; los sitiados sólo tenían trigo en abundancia; faltaban el vino y las medicinas. La única bebida era agua de las cisternas mezclada con vinagre. Empezaron las enfermedades á diezmar la guarnición; pero el alma heroica del viejo irreductible animaba su resistencia.

Parecía no dormir nunca. Durante la noche, los mercenarios soeces de Boucicaut, como permanecían á corta distancia del palacio, gritaban entre blasfemias: «Llevaremos á vuestro Pedro de la Luna preso á París, con una cadena en el pescuezo.» El enérgico aragonés, sin temor á los flechazos, se asomaba entre dos almenas, llevando en una mano un cirio encendido, en la otra una campanilla de plata, y solemnemente maldecía á Boucicaut y sus mercenarios, lanzando sobre todos ellos la excomunión.

Este desprecio á la muerte casi le fué fatal. Estando junto á una ventana examinando los trabajos del enemigo, una bala de piedra de las que arrojaban las bombardas vino á chocar en el quicio, y sus cascos hirieron al Papa en un hombro. Era la fiesta de San Miguel, y por respeto al arcángel, Benedicto prohibió á su artillería que contestase.

Dos meses duró esta primera parte del sitio, y durante ellos no cesaron los ataques. Los tiros más peligrosos venían de las techumbres y el campanario de la inmediata catedral de Nuestra Señora de Doms. Los ballesteros enemigos dominaban á corta distancia una parte de los tejados y patios del palacio, hiriendo á los de la guarnición que se mostraban en dichos lugares. No obstante tales ventajas, convencidos los sitiadores de que nunca podrían tomar á viva fuerza este edificio, apelaron á trabajos de zapa.

Excavaron minas á partir de las iglesias y palacios próximos, y los sitiados fueron á su encuentro valiéndose de contraminas, para continuar los combates subterráneamente. Luego intentaron sorprender la fortaleza entrando por sus albañales. Un pariente de Boucicaut, con más de setenta hombres de armas, guiado por un burgués de Aviñón, se introdujo en la alcantarilla que iba de las cocinas del palacio á los fosos de la ciudad. Llevaban hachas, tenazas, martillos para romper los obstáculos, cuerdas para atar á los vencidos, sacos para el dinero y las joyas pontificias, así como pendones con la flor de lis, que esperaban clavar en las almenas, avisando de tal modo á los sitiadores que el castillo era ya del rey de Francia.

Surgieron los asaltantes del subterráneo, esparciéndose por las cocinas. La expedición empezaba con éxito; pero un criado los descubrió, dando el grito de alarma, é inmediatamente empezaron á sonar trompetas, corriendo de todas partes los defensores, dormidos hasta poco antes, por haber pasado la noche en vela. Benedicto XIII no perdió su serenidad.

—Combatid con valor—dijo al que le traía la noticia—. Los tenéis en vuestro poder y no se escaparán.

La lucha fué breve. Sólo contados asaltantes consiguieron huir por la alcantarilla, y el resto, unos cincuenta y seis, quedaron prisioneros en las torres del palacio.

Se cansaron los vecinos de Aviñón de las brutalidades y las jactancias sin resultado de Boucicaut. Había prometido á las damas de la ciudad hacerlas bailar antes de una semana en los salones del Papa, é iban ya transcurridos varios meses sin conseguir ventaja alguna. Al fin prescindieron de él, retirándole su título de «capitán de Aviñón», y continuaron bajo el mando de los cardenales más enemigos del Pontífice el asedio de la fortaleza, pero convencidos ahora de que el llamado «Papa de la Luna» disponía de una fuerza moral y unos recursos materiales muy superiores á los que ellos habían imaginado.

En todos los países de la obediencia de Benedicto XIII se produjo un movimiento de reprobación al ver al Papa agredido en su propia casa. En el mismo condado Venaissino empezaron á sublevarse á favor de su libertad. El señor de Sault, al frente de quinientos jinetes, corría el país, llegando hasta las cercanías de las puertas de Aviñón para gritar: «¡Viva el papa Benedicto!» Dentro de la ciudad se realizaba un cambio de opiniones, siendo cada vez más numerosos los vecinos partidarios de Luna.