Un abogado llamado Cario preparó un movimiento popular á favor del Papa sitiado. Su conspiración fué descubierta, y los cardenales franceses lo condenaron á ser decapitado y descuartizado, colocando sus brazos y sus piernas en distintas puertas de Aviñón y en una de las plazas su cabeza y sus entrañas metidas en un cesto, para intimidar con la vista de tan horribles despojos á los parciales de Benedicto.
Aunque los ataques contra el palacio habían cesado, continuaba su estrecho bloqueo. Los defensores sólo comían pan, y el vino era reemplazado por vinagre con agua. Cuando los ballesteros podían matar en las techumbres algunos pajarillos, dicha caza representaba un gran regalo para la mesa del Pontífice.
Había producido en España gran indignación este ataque. El rey don Martín protestó con tono amenazador, pero nadie quiso aceptar la responsabilidad del atentado. El rey de Francia afirmaba que todo era obra del revoltoso Boucicaut y de los cardenales, sin intervención alguna de la corte de París.
Los cabildos de Valencia y Barcelona se agitaron belicosamente para auxiliar á un Papa que años antes había ejercido cargos en sus catedrales. Don Martín juzgó preferible dejar á la iniciativa eclesiástica la expedición naval para socorrer á Luna.
—En aquellos tiempos—continuó Borja—el poder de los reyes era muy lento y tenía que luchar con numerosas dificultades suscitadas por los fueros ó el régimen feudal. Por primera vez en la Historia se vió una flota de guerra de carácter eclesiástico y organizada popularmente. Las iglesias de Valencia y Cataluña contribuyeron con importantes cantidades á los gastos de la expedición. Muchos sacerdotes que no podían dar nada se ofrecieron á ir en ella como soldados. El jefe de la flota fué un canónigo pavorde de la catedral de Valencia, llamado Pedro de Luna, como el Papa.
Se reunieron en Barcelona todos los buques de esta marina pontificia. Eran veintiséis, entre galeras, galeotas y fustas, y después de navegar por el Mediterráneo, remontaron el Ródano á fuerza de remo hasta el puerto de Arlés. Los cardenales, alarmados, hicieron fortificar el puente de Aviñón, interceptando el Ródano con una cadena de hierro. Pero el río tenía las aguas tan bajas, que la flota, por ser de buques de mar, no pudo ir más allá de Lansac, en las inmediaciones de Tarascón. Allí permaneció anclada, mucho tiempo, enviando mensajeros secretos al sitiado palacio y esperando en vano una subida de las aguas que la permitiese seguir adelante. Expiró el plazo por el que habían sido fletados los buques, y éstos fueron regresando, uno tras otro, á Barcelona, sin poder hacer más. De todos modos, dicho auxilio sirvió para alentar á los defensores del Pontífice, disminuyendo el número de sus enemigos.
Continuó sin embargo el asedio meses y meses. La guarnición del castillo papal sólo tenía ahora que combatir con el hambre, dedicándose á la caza de gatos y ratas para hacer más variada su alimentación, puramente de pan. Los gorriones eran destinados á la mesa de Benedicto, el cual «gustaba más de este bocado que si fuese caza mayor».
Cuatro años y medio duró el bloqueo. La tenacidad de Luna acababa por fatigar y desconcertar á sus enemigos. Los más rebeldes de sus cardenales habían muerto durante el asedio, mientras sus partidarios aumentaban en la ciudad y en todo el condado Venaissino. La corte francesa parecía avergonzada de haber preparado ó tolerado este ataque sin éxito. En las siete naciones que vivían bajo la obediencia del Papa de Aviñón era grande el escándalo.
Don Pedro creyó llegado el momento de abandonar su encierro, burlando el cerco de sus enemigos. En el claustro de la catedral de Nuestra Señora de Doms existía una antigua puerta del palacio, murada desde muchos años antes. Como esta parte del edificio no la vigilaban los sitiadores, fué fácil arrancar de dicha puerta unos cuantos sillares en la noche del 11 de Marzo de 1403.
Cuatro hombres salieron por dicha abertura. Uno de ellos, el más pequeño de cuerpo, iba vestido de fraile cartujo, y llevaba una barba casi de dos palmos, completamente blanca. Era Benedicto XIII. Había colocado sobre su pecho una hostia consagrada y en una de las mangas del hábito traía oculta una carta autógrafa del rey de Francia reprobando la conducta de sus enemigos. Los tres acompañantes eran: su médico el mallorquín Francisco Ribalta, su camarero valenciano Juan Romaní, y Francisco de Aranda, donado de la cartuja de Porta-Cœli, en Valencia, su confidente y su fiel compañero durante la vida errante y abundantísima en cambios de fortuna que el Pontífice iba á emprender.