El último Papa de Aviñón abandonó para siempre el palacio construído por sus antecesores. Nunca volvería á pisar esta ciudad durante los veinticuatro años que aún le quedaban de vida.

En el mesón de San Antonio, cerca de una de las puertas, esperaba al Pontífice el condestable Jaime de Prades, gran señor aragonés, que con pretexto de una embajada del rey don Martín había venido á Aviñón para preparar esta fuga, y con él otros señores aragoneses y franceses sostenedores de Benedicto.

Cuando al rayar el alba se abrieron las puertas de la ciudad, el Papa y sus acompañantes salieron de ella por un portal inmediato al río. En su orilla les esperaba una barca de catorce remeros, patroneada por un monje de Montmajor, experto en la navegación del Ródano.

Fué tal el gozo de uno de los soldados que acompañaron al Papa hasta la ribera, que al alejarse la embarcación, sin esperar á que ésta se perdiese de vista, dijo á varios pescadores que habían presenciado el embarque:

—Id á avisarles á los cardenales que el Gran Capellán se ha ido, para que se les indigeste el almuerzo.

Inmediatamente se difundió por toda la ciudad la noticia de la evasión. La barca papal remontó el río Durance, atracando en su margen derecha, frente á Castelrenard, que era tierra provenzal, gobernada por Luis de Anjou, fiel amigo de Benedicto.

Al instalarse en la fortaleza de Castelrenard, los íntimos del Papa le aconsejaron que no demorase más tiempo cierto arreglo de su persona. Durante el cautiverio había dejado crecer su barba, muy luenga y blanquísima, lo que parecía aumentar la natural majestad de su persona. Mas para los enemigos y aun para muchos amigos, era esto una grave derogación de las costumbres de la Iglesia latina, pues le daba cierto aspecto de patriarca griego.

Benedicto, irónico á sus horas y de buenísimo humor por el éxito de su evasión, se entregó al barbero del monarca provenzal para que le afeitase el rostro y le cortase los cabellos, diciéndole:

—Mis enemigos habían jurado «hacerme la barba», y eres tú, amigo mío, quien va á conseguirlo.

El rey Luis pidió como regalo estos cabellos blancos, recuerdo del largo aislamiento del Pontífice y de su defensa tenaz.