Todo cambió en el curso de pocas horas. Los vecinos de Aviñón se echaron á la calle dando vivas al papa Benedicto. El pueblo nombró diputados para que fuesen á Castelrenard y le entregasen las llaves de su ciudad. La bandera del Papa quedó izada en torres y palacios. Una procesión interminable recorrió las calles, marchando al frente doscientos niños que llevaban en alto las armas de Benedicto XIII, una media luna blanca con las puntas hacia abajo sobre fondo rojo.
Don Pedro no quiso volver nunca á la ciudad ingrata. Al visitar las otras poblaciones del condado salieron á recibirle procesiones de doncellas y niños, mientras los hombres le servían de escolta triunfal.
El arrepentimiento de los cardenales fué tan humilde que debió inspirar repugnancia al tenaz aragonés. A las pocas horas de su fuga imploraron la intercesión de Luis de Anjou para que los reconciliase con su Pontífice. Éste se vengó de todos sus enemigos perdonándolos magnánimamente. Sólo impuso á los aviñoneses la obligación de reparar las brechas abiertas en su palacio por la artillería, y les hizo sufrir la vergüenza de pasar triunfante en sus viajes por los alrededores de la ciudad sin concederles el honor de entrar en ella.
Uno de los príncipes eclesiásticos, el cardenal de Dijón, al presentarse ante Benedicto, se prosternó en medio de una calle de Castelrenard, hincando sus rodillas en el fango, y empezó á acusarse á gritos de haber pecado gravemente, proclamando la falsedad de todas sus acusaciones contra el Pontífice, escritas en momentos de ofuscación.
—Nuestro Papa—siguió diciendo Borja—triunfó sobre todos sus enemigos. Su fuga del palacio había bastado para este cambio prodigioso.
Se hallaban los dos en lo más alto del jardín, junto á una fuente rústica, donde nadaban peces dorados y rojos bajo una capa de polvo flotante traída por el viento.
Algo más lejos, acodados en una barandilla de hierro, vieron á sus pies el Ródano, burbujeante de luz solar, los arcos del «puente roto», las islas arenosas ó verdes, la orilla opuesta con sus viñas y arboledas, las torres blancas de piedra sobre el caserío medieval de Villeneuve.
Rosaura contempló en silencio el paisaje. Luego dijo sonriendo á su acompañante:
—Ya se fué don Pedro de Luna para siempre de Aviñón. ¿No le parece, Claudio, que ha llegado la hora de que también nos vayamos nosotros?...