Estaban los dos ante una fortaleza de sillares grises obscurecidos por el tiempo. Eran muros robustos y ásperos uniendo torres que tenían en su parte superior grandes ventanas ojivales, completamente abiertas. Una fila de almenas que no habían sido construídas como adorno arquitectónico—verdaderas almenas de guerra—seguía las líneas altas y bajas de torreones y murallas. Esta fortaleza era un templo. Las ojivas de las dos torres principales las ocupaban varias campanas inmóviles.
Rosaura y Claudio acababan de visitar la iglesia de la antigua abadía de San Víctor: tres naves góticas con sepulcros. También habían descendido á sus criptas, que databan de los primeros siglos del cristianismo, cuando San Víctor murió mártir de los habitantes paganos de Marsella.
A sus espaldas, el Puerto Viejo, repleto de embarcaciones, algunas de formas arcaicas. En su boca funcionaba un gigantesco trasbordador, deslizándose de una orilla á otra, sobre las aguas que en pasados siglos estaban obstruídas por una cadena. Más allá del Puerto Viejo se extendía, siguiendo la costa, en un espacio de kilómetros y kilómetros, la sucesión de puertos nuevos, donde venían á anclar grandes trasatlánticos y buques de carga de todos los mares del planeta.
Borja describió á su acompañante el aspecto que ofrecía en otros siglos este mismo suelo pisado por ellos. Todos los depósitos de pescado seco, tonelerías y almacenes oliendo á sal que circundaban la iglesia de San Víctor habían sido hasta el siglo XVIII dependencias de la abadía del mismo nombre.
—Cuando llegó la Revolución, los monjes de San Víctor se habían convertido en canónigos, pertenecientes todos ellos á la nobleza de Provenza, y su cargo les daba el título de conde. La abadía de San Víctor fué enormemente rica en la época de los Papas de Aviñón. El pueblo de Vaucluse y los castillos que usted vió en sus alrededores eran de esta comunidad. Aquí vino á instalarse don Pedro de Luna después de abandonar su palacio.
Como la abadía ocupaba una altura junto á la boca del puerto y eran frecuentes los ataques de piratas, sus monjes la convirtieron en fortaleza. Al abrigo de sus fosos y muros la rica comunidad había levantado grandes edificios, cultivando además extensos huertos frutales.
Benedicto XIII, instalado en los salones del abad, iba recibiendo á los grupos de arrepentidos que llegaban de distintos países de su obediencia, así como á sus leales partidarios. Uno de los primeros en presentarse fué el duque de Orleáns, hermano del rey de Francia, amigo siempre fiel que había favorecido su fuga del palacio sitiado.
Todos los cardenales sediciosos venían á San Víctor á implorar su perdón. La Universidad de París, dentro de la cual contaba más enemigos que adictos, no podía resistirse á la corriente general en favor del papa Luna, y enviaba también á Marsella una diputación de maestros de la Sorbona, llevando al frente como orador al célebre Gerson.
Las felicitaciones de la Universidad eran humildes. El austero Gerson comparó en su discurso al Pontífice español con David y con Judas Macabeo, asegurándole que era objeto de ternura para todos cuantos tenían la dicha de conocerle. Benedicto evadiéndose del palacio de Aviñón era otro Jonás escapando del vientre de la ballena. Pedro de Luna, en vez de escuchar al demonio que le aconsejaba venganza, «vertía sobre la Universidad el rocío de sus gracias, á la manera del astro cuyo nombre ostentaba, la luna, que produce el rocío, según afirman los filósofos antiguos».
El Papa triunfador, después de tal discurso, dió á Gerson las rentas de un rico curato en París, repartiendo otras mercedes entre sus doctos acompañantes.