Un plan audaz preocupaba á Benedicto. Para dar término á la división de la Iglesia, había decidido ir en busca de su adversario, aunque tuviese que llegar para ello hasta la misma Roma. La «vía de cesión» propuesta por muchos no quería admitirla. Uno de los dos Papas debía ser forzosamente legítimo; y como él estaba seguro de poseer dicha legitimidad, se creía triunfante por adelantado si lograba organizar un acto público en el que se viesen frente á frente el Papa de Roma y él.

—Hay que carearse con el intruso—decía á sus allegados.

Como para conseguir tal entrevista era preciso un viaje, que en aquella época resultaba largo y no exento de peligros, el Papa, desde sus salones de San Víctor, empezó á dar órdenes á toda la cristiandad de su obediencia, lo mismo que si fuese un almirante.

Amaba el mar, viendo en él un camino francamente libre, sin los obstáculos que podían oponerle la parcialidad y el egoísmo de los hombres. Su carácter recio sentíase atraído por la majestuosa fuerza de los elementos. Necesitaba reunir una flota, y escribió al rey de Aragón especialmente, para que le enviase galeras de Cataluña y de Valencia. Él poseía dos buques que llevaban la cruz en el remate de sus mástiles y una media luna blanca invertida sobre fondo rojo pintada en sus banderas. Caballeros de San Juan de Jerusalén habituados á la vida del mar le aconsejaban en los preparativos de su expedición.

—También algunos corsarios españoles del Mediterráneo—dijo Borja—, por simpatía de nacionalidad y por convenirles un protector tan poderoso, habían venido á Marsella, entrando al servicio del Pontífice. Las costumbres de aquellos tiempos eran otras que las nuestras. Ser corsario no resultaba extraordinariamente deshonroso. Los guerreros más heroicos de tierra adentro eran también ladrones siempre que se les presentaba ocasión. Honrados navegantes, si montaban un buque armado y encontraban otro más pequeño con valioso cargamento, rara vez se resistían á la tentación de hacerlo suyo.

Don Pero Niño, almirante del rey de Castilla, navegaba por el Mediterráneo con una escuadra de galeras, en persecución de algunos corsarios de Cádiz, Juan de Castrillo, Pero Lobete, Nicolás Giménez, que causaban grandes daños en las costas de España. Al saber que uno de ellos bordeaba cerca de Marsella, marchó en su busca, persiguiéndolo hasta el interior del puerto, pero tuvo que desistir de batirlo por haberse agregado á la flota que preparaba el Padre Santo.

Benedicto XIII, admirador de los héroes del mar, sentó á su mesa á don Pero Niño, que años después, haciendo la guerra á los ingleses en el Atlántico, desembarcaba en Inglaterra, quemando la ciudad de Plymouth.

Un ruido de campanas llegó de la ribera opuesta del Puerto Viejo. Otras campanas contestaron desde la orilla oriental, y la actividad en los buques y los muelles empezó á decrecer, apagándose sus rumores.

—Son las doce, Borja, y nos espera la boullabaise. Estos paseos instructivos me dan un apetito extraordinario. Además, siento impaciencia por volver á nuestro restorán de anoche. ¡Qué interesante!

La rica criolla celebraba con un entusiasmo pueril todos los lugares que le iba haciendo conocer el español. Fatigada de la vida de París, de los restoranes ceremoniosos y escandalosamente caros, de la suntuosidad convencional y monótona, en último término, que constituye la existencia diaria de unos cuantos miles de privilegiados, conocía ahora el regocijo de la novedad. Era un placer semejante al de ciertos personajes que bajo la protección de la policía visitan de noche las tabernas y otros antros donde se reúnen las últimas clases del populacho. Su estómago ahito de platos refinados parecía reanimarse ante los guisos que Borja le iba ofreciendo. Éstos le recordaban algunas veces otros de su adolescencia confeccionados por cocineras emigrantes recién llegadas á Buenos Aires.