Se dirigieron hacia el final del Puerto Viejo por callejuelas pendientes y muelles que olían á pescado fresco. En varias ocasiones tuvo ella que agarrarse á un brazo de Claudio para saltar sobre arroyuelos de agua sucia que arrastraban valvas de ostras, agallas de peces, pequeños erizos. Este olor salino de pescadería recién barrida excitaba su apetito, evocando al mismo tiempo el recuerdo de otras comidas que habían hecho juntos.

—¿Ha olvidado, Claudio, nuestro almuerzo de Vaucluse?... Estuvo usted algo incorrecto; pero se lo he perdonado al pensar en los cangrejos á la americana y el «Châteauneuf-du-Pape». Además, ¡aquella agua tan cantora! ¡aquella frescura rumorosa!... Reconocerá que soy una mujer romántica: poesía de la Naturaleza... y cangrejos con salsa picante. Pero la vida es esto: una mezcla de cosas contradictorias... ¿Y nuestros almuerzos en aquel pequeño restorán cerca del palacio, para huir de la cocina monótona y avarienta de nuestro hotel?

Recordaba ahora todos los detalles de su existencia en la ciudad papal durante cuatro días. Después habían venido á Marsella, con la repentina decisión que pueden permitirse los que poseen un gran automóvil esperando á todas horas sus órdenes.

Como Borja tenía el proyecto de venir á esta ciudad, ella le trajo en su vehículo. A su doncella la había enviado por ferrocarril á su casa de la Costa Azul, para que la remitiese á Marsella cuantos telegramas y cartas encontrase allá.

Siguió alabando Rosaura el aspecto y los méritos de estos restoranes del Puerto Viejo que le hacía conocer su acompañante. Algunos eran parecidos á los del golfo de Nápoles, por el continuo desfile de cantores, juglares y ebrios de graciosa charla situados ante las mesas de sus terrazas. Además, la rica señora encontraba muy interesantes á los camareros sirviendo las mesas en mangas de camisa, á determinados parroquianos con rudo aspecto de hombres de mar que comían algunas veces conservando calado su sombrero, y á ciertas damas de amplio chambergo exageradamente adornado de plumas, muy perfumadas y pintadas, que á través de sus voluptuosos olores dejaban pasar como aguda punta de estilete un agresivo hedor de ajo.

Nunca se hubiera atrevido á sentarse sola en tales lugares. Al lado de Borja mostraba una curiosidad insaciable de verlo todo, de comerlo todo. La noche anterior había devorado un sinnúmero de moluscos del Mediterráneo cuya existencia ignoraba y una boullabaise distinta á la conocida en los restoranes elegantes: un plato para marinos, que la obligó á beber frecuentemente vino de Cassis. Ahora mostraba cierta impaciencia estomacal por verse otra vez ante la misma mesa de mantel blanco y áspero, sintiendo en su olfato el perfume de la langosta, de la escorpena, de otros peces que, revueltos con moluscos, entraban en la confección del gran plato mediterráneo.

—Siga hablando, Borja. Cuénteme cómo el papa Luna navegó hacia la Ciudad Eterna en su flota. Esto me hará olvidar el hambre hasta que lleguemos á nuestra boullabaise.

Y el joven continuó su relato de los ensueños y trabajos del Pontífice tenaz en la abadía, que iba quedando á sus espaldas. Nueve meses había morado en ella preparando su expedición. El conde de Saboya le ofrecía Niza como lugar de descanso. El mariscal Boucicaut (pariente del que le había tenido sitiado en Aviñón) gobernaba en nombre de Francia la ciudad de Genova y las plazas inmediatas. Mónaco, Ventimiglia y Albenga le brindaban también seguridades. En Pisa, gentes importantes prometían su apoyo, y lo mismo en Florencia. Además, dentro de los Estados de la Iglesia existían muchos soldados sueltos de las antiguas Compañías gasconas y bretonas, acostumbrados á guerrear por los Papas, y sólo esperaban su presencia para engancharse como mercenarios. Venecia, siempre bien enterada por sus hábiles embajadores de lo que ocurría en el mundo, parecía segura de que el Papa español iba á llegar hasta Roma, apoderándose de su adversario.

Para todo esto necesitaba mucho dinero, y lo pedía á su pariente el rey don Martín, exigiendo también adelantos en el pago de los tributos eclesiásticos á sus colectores de España y Francia. Muchos obispos amigos suyos rivalizaban en esplendidez al enviarle subsidios. Todos los vasos sagrados y alhajas de la cámara apostólica eran pignorados ó vendidos, produciendo dicha operación más de veinte mil florines de oro puro, cantidad enorme en aquella época.

Las galeras enviadas por Barcelona y Valencia se unieron á las de Luna, completándose su flota con otros buques pertenecientes á los Caballeros de San Juan y algunas naves de antiguos corsarios, limpios ya de pecados por la penitencia y la bendición pontificia. Benedicto XIII abandonó Marsella, entrando en Niza en los últimos días de Diciembre de 1404. Desde allí lanzó varias Bulas anunciando á la cristiandad su viaje á Italia para hacer entrar en razón á su adversario Inocencio VII, que él llamaba simplemente Cosme Megliorato, por su nombre de familia, y otras veces «el intruso».