Estando en Niza se avistaba con el joven rey de Sicilia, hijo de don Martín, y otros príncipes amigos suyos para que le proporcionasen tropas de tierra. Él era el Papa del mar y había improvisado una flota, pero necesitaba que los soberanos le diesen quinientos hombres de desembarco, quinientos «bacinetes», como les llamaban en el lenguaje de entonces, por la forma de sus cascos. Mas á pesar de las promesas recibidas en Niza, nunca llegaron los quinientos «bacinetes».

Este primer fracaso no amenguó su tenacidad. En todos los puertos era recibido con grandes manifestaciones de respeto y adhesión. Las autoridades de Mónaco le ofrecían las llaves de la ciudad y de su castillo; en Albenga, pueblo y clero iban en procesión hasta la galera pontificia, llevando al Papa á un gran banquete en el convento de Predicadores; en Saona salía á recibirle el cardenal Luis Fiesco, del bando romano, quien abjuraba públicamente el cisma urbanista, reconociendo al Papa de Aviñón. Y éste, dando al olvido antiguas injurias, lo perdonaba, restituyéndole el capelo.

—La mayoría de los cardenales—siguió diciendo Borja—, acostumbrados á su lujo y temiendo perderlo, mostraron en este larguísimo conflicto una falta absoluta de carácter, una facilidad vergonzosa para pasar de un bando á otro, según veían agrandarse ó empequeñecerse las probabilidades de triunfo de cualquiera de los dos Papas. Lo importante para ellos era encontrarse al lado del que venciese y no perder su posición. Hubo uno que recibió el apodo de «el cardenal Tricapeli», porque en el curso de su vida cambió tres veces de Papa, haciéndose conferir á cada evolución un nuevo capelo.

Este viaje fué muy lento, como todo lo de aquella época. La flota papal, salida de Marsella en Diciembre de 1404, llegaba á mediados de Mayo del año siguiente al puerto de Génova. Gran número de barcas adornadas con ramas de laurel salieron al encuentro de la nave del sucesor de San Pedro: tal era su impaciencia por darle muestras de su vasallaje. Las altas dignidades eclesiásticas, el clero llevando las reliquias guardadas en sus templos, todo el vecindario puesto de rodillas, esperaban en tierra la bendición del Papa, saludándolo después con inmensas aclamaciones.

Una larga procesión desfiló por las calles, adornadas con flores y ramajes. Detrás del clero marchaban los más importantes varones de Génova vestidos de rojo, los cinco cardenales acompañantes del Pontífice montando caballos con purpúreas gualdrapas, y una mula de blanco pelaje que, según usanza de los Pontífices de Aviñón, era cabalgada por un sacerdote llevando el Santísimo Sacramento. Al final, sobre un corcel del mismo color y bajo palio bordado de oro, avanzaba Benedicto XIII, jinete de aspecto majestuoso, á pesar de su pequeña estatura. El mariscal Boucicaut, el podestá, los magistrados de Génova, vestidos de blanco, daban escolta al Pontífice, y cerraba la procesión una guardia de honor que era casi un ejército, compuesta de los soldados que guarnecían la ciudad y de los hombres de armas de Luna desembarcados de su flota.

Nunca Papa alguno se vió recibido con tal aparato, ni aun en la misma Roma, según afirmación de los contemporáneos. Una orquesta de flautas y otros instrumentos marcaba el grave paso de la imponente comitiva. Tres días duraron las fiestas, interrumpiéndose todos los trabajos. Un doctor de la ciudad arengó á Benedicto, haciéndole saber el orgullo que sentía Génova al ser la puerta por la que penetraba en Italia el verdadero Pontífice para suprimir el cisma.

Inmediatamente envió emisarios á Inocencio VII, proponiéndole una reunión de todas las potencias italianas, ante las cuales comparecerían los dos para explicarse frente á frente. El Papa de Roma contestó á sus enviados que no quería prestarse á ningún arreglo, y Benedicto XIII, al denunciar al mundo tal conducta, invocó contra el «antipapa» y sus «anticardenales» el auxilio de todos los cristianos, justificando con esto la marcha sobre Roma que iba á emprender. Inocencio, convencido de la inminencia del avance, huyó de la Ciudad Eterna, temiendo verse traicionado por los que le rodeaban, mientras su adversario seguía en Génova dando recepciones suntuosas á cuantos personajes religiosos y laicos venían á ofrecerle su apoyo.

—Don Pedro, de gran sobriedad en su mesa y vestido igualmente con modestia, era espléndido en los festines para los otros y hacía en ellos valiosos regalos. Además le gustaban los actos solemnes, y mientras estuvo en Génova, procesiones y banquetes alternaron con bailes populares y pomposas revistas de tropas. Al consagrar en dicha ciudad á cincuenta prelados, arzobispos, obispos y abades, regalaba á cada uno de ellos un anillo de oro con piedras preciosas. Por encargo suyo venían á Génova los personajes de vida más santa ó más sabios de los países sometidos á su obediencia. Pedro de Ailly, hecho arzobispo por él, predicaba frecuentemente. La que fué luego Santa Coleta le seguía desde Niza para recibir de sus manos el velo de la Orden que deseaba reformar. Un predicador de palabra apocalíptica sucedía al sabio Ailly, orador académico. Era Maestro Vicente, famoso en todo el Sur de Europa, y que años después fué llamado San Vicente Ferrer.

Todo parecía ayudar al triunfo de Benedicto. Su rival, Inocencio, estaba deshonrado por la avidez y las malas costumbres de un sobrino que gobernaba en su nombre. El pueblo de Roma saqueaba sus habitaciones y sus archivos. Gran número de barones italianos se disponían á ofrecer sus servicios al Papa de Aviñón. En Provenza se alistaban tropas para el ejército que había de llevarle á la Ciudad Eterna.

De pronto todo cambió. Vióse el Papa sin dinero para esta empresa, superior á sus recursos. Había organizado una flota con la ayuda del clero español y no podía acudir de nuevo á él para crear un ejército. Además, acababa de surgir en la Toscana una guerra, cerrando momentáneamente el camino de Roma.