Aún se irguió frente á Luna un enemigo más temible, el espectro lívido que tantas veces había cortado en el siglo XIV las combinaciones de los hombres: la peste.
Una epidemia empezó á cebarse en el vecindario de Génova, haciendo muchas víctimas entre los personajes de la corte papal. El anciano Pontífice se retiró á Saona perseguido por la muerte, luego á Niza, á Frejus, á Tolón, hasta que la terrible calamidad que mataba los hombres á millares lo encerró de nuevo en la abadía de San Víctor. Para el recio aragonés, incapaz de dejarse vencer por los obstáculos de los hombres ó las cóleras de la Naturaleza, dicho retroceso sólo representaba un descanso. Su flota le esperaría anclada en el puerto de Marsella. Estaba seguro de emprender muy pronto una segunda expedición contra el intruso de Roma para discutir con él frente á frente.
—También nosotros hemos llegado á nuestra abadía—dijo Rosaura interrumpiendo á su acompañante.
Entraron en el restorán, situado en un muelle del Puerto Viejo. Las mesas exteriores estaban resguardadas por rejas de madera pintadas de verde, y unos cajones de igual color sustentaban copudos arbustos. En la misma acera, varios puestos de venta de ostras, otros mariscos y peces crudos esparcían un olor de mar caldeado por el sol, de aguas adormecidas entre peñascos.
Se instalaron en una mesa del primer piso, viendo debajo de ellos la enorme y cuadrada lámina de este puerto antiguo, con sus orillas ocultas por hileras de buques, amarrados flanco contra flanco como bestias estabuladas.
Rosaura encontró el restorán más agradable aún que en la noche anterior. El puerto burbujeante de luz entre los negros mástiles inmóviles, el ir y venir de numerosas lanchas sobre su luminosa superficie, parecieron excitar su alegría. Al mismo tiempo, los olorosos cargamentos amontonados en los muelles la hicieron recordar sus viajes, el tránsito por los puertos de la América del Sur, ó por otros menos ruidosos del Oriente europeo, vistos en una excursión á Constantinopla.
—Esto es otra cosa que Vaucluse; pero también el almuerzo va á resultar memorable. ¡Qué panorama tan hermoso!... Dé usted prisa á esa gente, Claudio, para que nos sirvan en seguida.
La presencia de la deseada boullabaise los mantuvo en silencio largo rato. Temblaba sobre el mantel la mancha purpúrea de los vasos de grueso cristal llenos de vino de Cassis. La vista del agua azul y el optimismo que proporciona una buena comida les hizo desear á los dos luengos viajes, horizontes ilimitados, contemplando la tierra entera como algo paradisíaco que sólo podía guardar desgracias y peligros para los otros.
Claudio habló con entusiasmo de los países que visitaría después, siguiendo la vida errabunda del papa Luna.
Pensaba ir á Perpiñán, en la frontera española. Allí se había iniciado la caída definitiva de este hombre tenaz que nunca se consideró vencido. Luego, atravesando Cataluña y el principio del reino de Valencia, llegaría á Peñíscola, promontorio fortificado en medio del mar, unido solamente á la tierra firme, en días tranquilos, por una lengua de arena que invaden las olas cuando soplan vientos de tormenta. Allí había permanecido largos años el viejo Pontífice, entre el azul del cielo y el azul del Mediterráneo, abandonado de todos y representando sin embargo una amenaza, hasta después de su muerte, para la tranquilidad del Papa de Roma.