Describió Borja la vida pintoresca y abundante en peligros de los pescadores que ocupaban ahora esta fortaleza papal; los campos de la costa cubiertos de naranjos, el aire luminoso impregnado de olores salinos y perfume de azahar.
Rosaura, con la taza humeante de café ante ella y envuelta en el humo rubio de su cigarrillo, le miraba, entornando los ojos dulcemente burlones.
—¡Ah, truvador!... ¡Truvador!
Los dos rieron al acordarse de aquel visitante norteamericano del palacio de Aviñón, cuyo acento imitaba Rosaura; pero el regocijo irónico de ésta era superficial. Sus ojos parecían reflejar sinceramente una visión ilusoria de remotos y desconocidos paisajes. Claudio, como si adivinase sus deseos, continuó hablando:
—Usted debería venir allá conmigo; usted no conoce esa parte de España: es el jardín de las Hespérides. ¡Y tan interesante el castillo donde murió Luna á los noventa y cuatro años, haciendo frente á sus adversarios hasta el último momento!... En el Mediterráneo no hay nada que se le parezca. Únicamente la abadía de Mont-Saint-Michel, en el Atlántico, puede compararse con Peñíscola. Yo he estado una vez allá, y me emocioné al encontrar aún sobre sus puertas el escudo con la media luna invertida, cincelado por los tallistas del Pontífice. ¿Por qué no viene usted?... ¿Qué va á hacer sola en la Costa Azul?
Iba creciendo en el interior de ella este mismo deseo, adivinado por su acompañante. Esperaba impacientemente las noticias de su doméstica. Aquella mañana, al levantarse, había pensado con delicia en la posibilidad de que le reexpidiese una carta ó un telegrama, que tal vez le obligaría á desandar su camino, regresando á París. Y ahora, bajo la influencia del ambiente, viendo el mar, cuya inmensidad convida al viaje, escuchando á este compañero que hacía revivir ante sus ojos las cosas inertes, rechazaba de pronto la idea de volver á París, le infundía tedio la posibilidad de verse sola en su casa, ante el Mediterráneo desierto.
La vida resulta alegre para los que se dejan arrastrar por ella sin oponer resistencia. Los días de Aviñón y los de Marsella parecían á Rosaura ligeros y repletos de interés. No había seguido sus pasos el demonio del aburrimiento que tanto la perseguía en los últimos meses. Consideraba ahora como gran contrariedad tener que separarse en Marsella de este joven que días antes no era en su memoria más que una pálida imagen... ¿Por qué no acompañarlo en sus peregrinaciones, hasta que sus relatos perdiesen para ella todo interés? Cosas menos explicables había hecho otras veces por buscar un poco de distracción... Además, ¡el dulce fuego de aquella comida saturada de especias, consistente en las mejores carnes que produce el mar, fosfóricas y excitantes!... ¡El vino rojo obscuro de la Provenza marítima, bebida de corsarios y de mercaderes audaces que comerciaron con los países de Las mil y una noches!...
Era conveniente dejarse llevar por la aventura, y al fin hizo un movimiento afirmativo con su cabeza contestando á los ruegos de Borja. Iría á España con él. Vería el solitario castillo del mar, acompañando de este modo al Papa errabundo hasta el sitio de su muerte. ¡Convenido!... Y sus diestras se estrecharon con largo apretón por encima de la mesa.
Sólo hablaron ya de su viaje, olvidando por el momento á Luna y sus andanzas. Veían las crestas de los Pirineos, la cima nevada del Canigó, y al otro lado de esta barrera internacional, las planicies de Cataluña, el Ebro divisorio, los naranjales de Valencia, una roca coronada por una fortaleza avanzando en el Mediterráneo, lo mismo que un navío de gigantes.
Sonreían al salir del restorán como dos enamorados, aunque no se cruzaban entre ellos otras palabras que las de un entusiasmo geográfico por los países que iban á visitar. Otra vez anduvieron por aceras húmedas y oliendo á sal, entre puestos de venta repletos de diversos moluscos.