—Déme el brazo, Borjita—dijo ella con voz infantil, como si pidiera auxilio—. Me siento un poco turbada... Además, ¡este suelo tan resbaladizo! Creo que he bebido demasiado. Los almuerzos «pintorescos» con que usted me obsequia resultan matadores.
Marchó con más seguridad por las aceras de la Cannebière, amplias y secas. Ella quería ir al hotel inmediatamente. Lo evocaba como un lugar de refugio. Continuaron por la amplia avenida, en cuya parte alta estaba su hotel, el mejor de Marsella. Cuando se hallaban próximos á su gran puerta, se fijaron los dos al mismo tiempo en un señor que salía apresuradamente hablando con un empleado, subía á un coche y se alejaba hacia el extremo final de la avenida.
Ambos creyeron haber visto al señor Bustamante; pero cuando desapareció empezaron sus dudas. Rosaura consideraba fácil la explicación de este error.
—No es extraño que veamos fantasmas después de un almuerzo tan tremendo... Creo que no volveré á comer hasta mañana.
Claudio dudó igualmente de dicha visión. Había recibido dos semanas antes, estando en la ciudad papal, una carta de su tutor. El gran iberoamericano no le hablaba de ningún viaje próximo. Escribía únicamente para comunicarle la interesante noticia de que «su jefe», el personaje político que le había hecho ministro, volvía á fijarse en su persona, reservándole un altísimo puesto, digno de sus méritos internacionales: una embajada cuando volviese á ocupar el poder, lo que sería pronto, pues el gobierno actual, usado por el desgaste de su funcionamiento, iba á retirarse, cediendo el paso al otro partido de turno, en espera de su hora. El grande hombre no decía más. Indudablemente, este viajero que acababan de ver no era Bustamante.
Entraron en el hotel, y al salir del ascensor, llegados al piso primero, se encontraron solos en mitad de un pasillo silencioso.
Iban á separarse. Sus habitaciones estaban en las dos fachadas opuestas del edificio. La de Rosaura, elegante y costosa, daba á la Cannebière. Borja se había instalado en un cuarto más modesto, con las ventanas sobre una calle estrecha y antigua.
Se despidieron sonriéndose, como si existiese entre ellos la complicidad de una vida íntima, hábilmente disimulada en público, que volvía á exteriorizarse apenas quedaban solos. Claudio la besó una mano, preguntando ansiosamente cuándo volverían á verse.
Eran las dos; tal vez algo más. Ella necesitaba descansar un poco. A las cinco tomarían el té en el hall del hotel. Luego pasearían en carruaje por el prado y la Cornisa.
—Hasta las cinco—dijo el joven—. Piense en mí... No olvide nuestro viaje.