Tenía cogida aún la diestra de ella y la llevó otra vez á sus labios.

Rosaura, familiar y confiada por obra de su turbación optimista, se alarmó un poco al notar este segundo beso en su mano.

Inmediatamente dió un grito y tuvo que echarse atrás. La boca que acariciaba su diestra se había remontado de pronto, en apasionada agresión, pegándose á la suya con un beso largo, ávido, succionante. Pero ella era fuerte, á pesar del aspecto desmayado que fingía algunas veces para dar nueva gracia á su persona. Guardaba el vigor adquirido en su infancia al vivir en las vastísimas propiedades de parientes y amigos, ejercitándose en todos los deportes de una existencia amazonesca. Le bastó un empellón para repeler á su acompañante, que parecía arrepentido y avergonzado de esta insólita audacia.

—¿Y usted pretende que viajemos juntos?...—dijo con voz temblona de cólera—. ¡Ni á España, ni á ninguna parte!... No cuente conmigo.

Luego se alejó con paso enérgico y murmullos de protesta, cual si le volviese la espalda para siempre.

III
Maestro Vicente

Ella bajó á las cinco. Se aburría en su habitación, completamente sola. Ni siquiera tenía el recurso de conversar con aquella doméstica que la acompañaba siempre en sus viajes.

Al sentarse junto á un velador, no le produjo extrañeza ver cómo se aproximaba Borja con aire humilde y suplicante. La estaba esperando para implorar su perdón. Como sabía de antemano lo que pensaba decir, cortó sus palabras con un ademán de reina clemente.

—No hable. Todo queda olvidado, si me promete que no volverá á repetirse. En realidad, no se repetirá, pues es difícil que tenga usted ocasión para ello. Ya no hay nada de ese viaje de que hablamos durante el almuerzo. ¡Qué disparate viajar con un hombre tan poco seguro!...

Claudio hizo un gesto de resignación. Lo aceptaba todo á cambio de verse perdonado. Por el momento, lo más importante era que no le repeliese con aquel gesto ceñudo que transformaba su rostro, haciendo de ella otra mujer.