—Tome asiento, pida una taza de té—continuó Rosaura—; y para que no vuelva á las andadas, prosiga sus historias interesantes é instructivas. Yo soy el sultán de Las mil y una noches y usted es Schahrazada. No negará que tengo cierta instrucción, aunque no lo parezca en el primer momento. Dejamos á nuestro don Pedro huyendo de la peste, refugiado en la abadía de San Víctor y preparando una nueva expedición hacia Roma. ¿Qué pasó después?...
Borja, á pesar de su entusiasmo por los episodios históricos que iban á componer su próximo libro, tuvo que esforzarse para cumplir este deseo. Hubiese preferido seguir hablando de lo ocurrido arriba tres horas antes, explicar su conducta, conseguir que Rosaura, perdiendo su enojo, sintiese otra vez el deseo de aquel viaje á España que podía prolongar la intimidad amistosa de los dos. Pero la impaciencia de ella le obligó á una inmediata evocación de los hechos pasados.
Un día el papa Luna recibió en su retiro de Marsella la noticia de que el «intruso» de Roma había muerto. Ya llevaba con éste dos adversarios fuera de combate: Bonifacio IX é Inocencio VII. El Papa de Aviñón, casi octogenario, mostraba una energía juvenil preparándose para batallar con el nuevo rival que le opusiera Roma.
Los cardenales de la obediencia romana se mostraron en un principio dispuestos á no elegir otro Papa. Era el medio más rápido de terminar el cisma. Pero los romanos, necesitados de que la sede pontificia estuviese en su ciudad para atraer el dinero de los fieles, empezaron á proferir amenazas contra el Sacro Colegio, y éste, reuniéndose en cónclave, designó al veneciano Ángel Corario, casi tan viejo como Benedicto, varón de vida ascética, con un deseo sincero de terminar el cisma.
Este nuevo Pontífice, que tomó el nombre de Gregorio XII, tenía hermanos y sobrinos, y pronto fué víctima de la influencia de su familia, ansiosa de aprovechar una suerte tan inesperada.
Nombró una comisión de cardenales, presidida por un sobrino suyo, para que visitase á Benedicto XIII, organizando la entrevista que éste deseaba con el Papa de Roma. Tal iniciativa alegró á toda la cristiandad. Iba á terminar el cisma.
Antonio Corario, sobrino del Papa romano, fué recibido solemnemente en la abadía de San Víctor, y después de varias entrevistas quedó convenida la forma del encuentro. Los dos Pontífices se verían en Saona, ciudad de Italia dominada por los franceses en aquel momento. Esto representaba una protección más segura para ambas cortes papales que si tuviese gobierno propio. Todo quedó previsto para que no surgiesen incidentes. El puerto de Saona fué dividido en dos secciones para las galeras de ambos Pontífices. Como había dos castillos, se asignaron respectivamente á uno y á otro de los Papas. Se pactó también que ninguna de ambas partes proferiría las palabras «antipapa», «intruso», «anticardenal», etc., que habían venido prodigándose hasta entonces.
Benedicto partió inmediatamente para Niza, designando esta ciudad como punto de reunión á sus cardenales. La peste había aparecido en Marsella, y el viejo Papa necesitaba alejarse.
Fué en el monasterio de San Honorato, situado en las islas de Lerin, frente á Cannes, donde Luna organizó su flota para ir otra vez hacia Italia. Ahora sólo llevaba seis galeras; sus recursos no le permitían mayores gastos. Sin embargo, desembarcó en Saona con gran pompa, recordando este recibimiento el que había tenido en Génova dos años antes.
Llegaba á Saona el 14 de Septiembre, con antelación á la fecha marcada para la conferencia. En cambio, Gregorio XII no llegó nunca. Su hermano y sus sobrinos dominaban á este asceta de buenas intenciones, pero falto de carácter. Temían que si se avistaba con Benedicto, acabase éste por convencerlo, haciéndole sentir la influencia de su espíritu enérgico y su recia dialéctica. El mejor procedimiento era demorar la entrevista con toda clase de excusas.