Gregorio XII había salido de Roma para aproximarse á su adversario, con gran júbilo de la cristiandad, que consideraba ya indudable la unión. Seguido de toda su corte llegó á Viterbo, mucho después á Siena, y en Noviembre empezó á alegar motivos para no ir hasta Saona. Dijo que carecía de naves para presentarse dignamente en el citado puerto, donde Benedicto le aguardaba con su pequeña flota. Los genoveses se apresuraron á ofrecerle cuantos buques pudiera necesitar, y no dió contestación.
Después alegó que le faltaba dinero para seguir adelante. Aquí el clero de su obediencia se mostró escandalizado. Todas las iglesias habían remitido fondos para un viaje que consideraban providencial, pero el hermano y el sobrino del Papa se guardaron el dinero.
La cristiandad se enteró con asombro de los pretextos de uno y otro Pontífice, deseosos de no encontrarse, pero en justicia fué el Papa de Roma quien rehuyó con más tenacidad todas las soluciones ofrecidas á ambos para una entrevista. Benedicto, cansado de permanecer inútilmente en Saona, fué á pasar la Navidad en Génova, donde le recibieron con el mismo entusiasmo que la primera vez.
Acabó Gregorio XII por designar la villa de Pietra Santa como el lugar más á propósito para sus conferencias con el Papa español, y éste se embarcó el último día del año 1407 con rumbo á Porto Venere, distante solamente quince leguas de dicha población. Gregorio tampoco fué á Pietra Santa. Lo consideraba muy cerca de la costa y tenía miedo al Papa del mar. Sin embargo, la entrevista iba á realizarse en un pueblo de tierra adentro, y Pedro de Luna no llevaba con él más que una bombarda y doscientos cincuenta hombres entre ballesteros y soldados de coraza. Tal escolta no resultaba extraordinaria en aquellos tiempos inseguros, pues cualquier soberano, al ir de una ciudad á otra, necesitaba llevar con él un pequeño ejército.
Empezaron á reir los fieles de estas idas y venidas de los dos Pontífices, envolviendo injustamente á ambos en el mismo menosprecio. Es verdad que Benedicto se negaba con obstinación á alejarse de la costa, pero de todos modos accedía á penetrar en Italia hasta un pueblo del interior. Gregorio á ningún precio quería acercarse al mar. Un escritor contemporáneo comparaba los dos Papas á un animal acuático y un animal terrestre. El animal marítimo no quería avanzar sobre el suelo y el terrestre evitaba la proximidad del agua.
Cansados los cardenales de Gregorio XII de su miedo y sus indecisiones, buscaron una solución á este conflicto interminable, que provocaba las burlas de los enemigos de la Iglesia, abandonando en masa á su Pontífice.
—Parecía haber llegado el momento del triunfo para Benedicto XIII. Los cardenales de Roma, separados de su Papa, empezaban á mostrarse propicios á solucionar el cisma reconociendo al de Aviñón. Sólo faltaba el pequeño suceso que surge á tiempo para decidir las cosas en litigio. Este suceso vino, mas fué en contra de Luna. La fatalidad le asestó un golpe del que nunca se repuso. Tenía grandes enemigos dentro de la Sorbona de París, pero en las asambleas del clero francés le habían defendido valerosos partidarios, salvándole hasta entonces de las asechanzas de aquéllos. Además, contaba en la corte con el apoyo del duque de Orleáns, su más firme sostén en Francia...
Y precisamente, en el momento que la balanza del destino empezaba á inclinarse á su favor, el duque de Orleáns moría asesinado en París. La lucha de éste con Juan Sin Miedo, duque de Borgoña, era una de tantas guerras civiles de la Francia de entonces, desgarrada interiormente, mientras los ingleses poseían gran parte de su territorio. Ambos duques acordaron hacer paces y se juraron amistad ante la hostia consagrada, en una misa que mandaron decir para celebrar su reconciliación. Poco después, las gentes del duque de Borgoña preparaban una emboscada nocturna en la rue Vieille du Temple, asesinando al duque de Orleáns.
Su desaparición dejó en libertad á todos los enemigos que el Papa español tenía en París. Dos edictos del rey anunciaron á ambos Pontífices que si no se unían antes de la fiesta próxima de la Ascensión, se declararía neutral Francia, abandonando el campo de Benedicto.
Éste se indignó al ver que le atribuían injustamente la continuación del cisma, cuando él había cumplido todos sus compromisos para una entrevista conciliatoria. Y como su carácter altivo no toleraba atropellos, contestó amenazando con excomunión á «los hijos de iniquidad que hablaran de rebelarse contra la autoridad apostólica con apelaciones temerarias».