—Este Maestro Vicente, que después fué San Vicente Ferrer—dijo Borja—, salió de Valencia, su tierra natal, para predicar en todos los pueblos que ahora se llaman «latinos». Su elocuencia reflejaba las grandes preocupaciones de su tiempo: la proximidad del fin del mundo, el temido Juicio de Dios, la necesidad de luchar contra la carne y el pecado. Además, España, en aquellos siglos, tenía diversas religiones. No todos los españoles eran católicos; los había judíos, arraigados en sus pueblos natales, fuese cual fuese el gobernante, y también mahometanos en gran número; moros vencidos, que seguían cultivando la tierra ó haciendo funcionar sus telares bajo el dominio de los reyes cristianos.
Se dedicaba el Maestro preferentemente á la conversión de los judíos, pero nunca llevó su afán de proselitismo más allá de los límites de una dulce y pacífica persuasión. Era enemigo de violencias, y al ver cómo el populacho cristiano asaltaba los barrios de los hebreos, llamados «juderías», para robar y asesinar á sus habitantes, protestaba de tales crímenes, indignos de la causa de Dios.
Su apostolado obtuvo grandes éxitos. En muchas ciudades de España, «juderías» enteras pedían el bautismo después de escuchar sus sermones. Es verdad que estos mismos judíos, años después, cuando ya había desaparecido la influencia del orador, recobraban en su mayor parte las antiguas creencias; pero de todos modos las predicaciones de Maestro Vicente aportaron á la gran masa cristiana del pueblo español una enorme cantidad de hebreos conversos, esta amalgama étnica que aún se nota actualmente.
Importantes rabinos acabaron por aceptar sus razonamientos, ingresando en la Iglesia católica para ocupar altos puestos eclesiásticos. Uno de estos rabinos ilustres, que al bautizarse tomó el nombre de Pablo de Santa María, fué gran amigo y partidario del papa Luna, llegando á la alta dignidad de arzobispo de Burgos.
Maestro Vicente, fraile dominico de la Orden de predicadores y doctor en teología, no sólo era estimado por los hombres ilustres de su tiempo. Las muchedumbres de entusiasmo meridional, estremecidas por su elocuencia, lo declaraban santo en vida, atribuyéndole toda clase de hechos maravillosos.
—No hay en la historia de los santos—continuó Borja—uno solo que haya realizado tantos milagros como mi compatriota San Vicente. Son prodigios de cuento oriental, y forman una lista que asciende á más de mil.
Siendo aún muy joven, el prior de su convento, en Barcelona, le prohibía que realizase nuevos milagros, por creer que su abundancia perjudicaba el prestigio de la Iglesia; y el santo, siempre humilde, se apresuraba á obedecer. Días después, al pasar junto á una casa en construcción, un albañil que le miraba desde lo alto de los andamios, con la curiosidad que inspiran los taumaturgos, daba un paso en falso, cayendo en el vacío.
—Padre Vicente—dijo—, ¡sálveme!
Y el religioso extendió un brazo, ordenando que se mantuviese en el aire, mientras él iba en busca de su prior para pedirle que le permitiese hacer milagros. Le dió el prior dicho permiso, solicitado de rodillas; y volviendo al lugar del suceso, dijo al pobre albañil, flotante en la atmósfera: «Baja poco á poco, sin hacerte daño.» El trabajador le obedeció, hasta poner el pie en tierra dulcemente, sin ningún choque mortal.
Otra vez, predicando en el Mercado de Valencia, interrumpía su sermón, quedando en éxtasis como si contemplase algo muy lejano. Veía á una viuda rodeada de pequeñuelos llorosos, dentro de mísero desván. Iban á morir de hambre. Las gentes del Mercado, al enterarse de tal visión, quisieron saber dónde vivían para socorrerlos con sus vituallas. «Seguid á mi pañuelo», dijo el predicador. Y sacando de una manga de su hábito el pedazo de tela, lo lanzó al aire.