Se desplegó, agitando sus puntas como las alas de una mariposa, y todos siguieron su revoloteo á través de calles y encrucijadas, hasta que lo vieron introducirse por el ventano de una buhardilla... Y la hambrienta familia empezó á gritar de asombro ante la inundación de hortalizas, panes, cuartos de vianda y cestos de frutas que los devotos del predicador fueron esparciendo en su mísero refugio.

¿Qué no contaban las gentes de él?... Los obstáculos del tiempo y del espacio, las leyes de la gravitación, el ritmo vital del organismo humano, todo se dejaba trastornar á gusto del santo hombre... Una madre demente descuartizaba á su hijo, pero el Maestro iba juntando sobre una mesa los pedazos de la criatura, y al bendecirlos saltaba el muchacho entero, yendo en busca de sus camaradas para jugar. El diablo huía de los pueblos ante su aproximación; enemigos mortales se reconciliaban luego de oir sus predicaciones; éstas eran escuchadas muchas veces á cuarenta leguas de distancia.

Miles de devotos le seguían, formando la «Compañía del Maestro Vicente». Renunciaban á sus bienes para marchar á pie, lo mismo que el futuro santo. Entraban en pueblos y ciudades, desnudos de cintura arriba, disciplinándose sin una queja, como fantasmas ensangrentados. Sólo se escuchaba en el profundo silencio el ruido de las disciplinas y una voz quejumbrosa entonando ciertos versos valencianos ingenuos é incorrectos, escritos por el mismo santo á la gloria de Jesús y de su madre. Después de la procesión el apóstol predicaba en la plaza más amplia del pueblo, llegando los oyentes hasta las afueras.

Algunas veces el Maestro y su muchedumbre devota llegaban á pequeños lugares faltos de alimentos; pero el santo repetía los prodigios de Jesús, y unos cuantos panes y una bota de vino se multiplicaban bajo su bendición, hartándoles á todos.

Don Pedro de Luna lo había conocido joven, cuando daba sus primeras lecciones de teología en la Universidad de Lérida y él era legado del Papa de Aviñón, viajando por España para que sus diversos Estados saliesen de su neutralidad, reconociendo á Clemente VII.

De carácter dulce y costumbres pacíficas, Maestro Vicente se sintió atraído y subyugado por este gran señor de energía indomable. Cuando Luna fué Papa lo llamó á Aviñón, haciendo de él su confesor. Al ver á Benedicto XIII dispuesto á defenderse en su palacio por medio de las armas, le pidió permiso para retirarse. Él no podía aceptar la guerra, ni aun para sostener lo que consideraba legítimo. Y se apartó durante algunos años del Papa, viajando como incansable predicador por las naciones de su obediencia.

Tenía un hermano, también de santas costumbres, llamado Bonifacio. Al principio fué legista, siguiendo con ello la tradición de la familia, pues el padre de ambos había sido notario en Valencia. Tuvo mujer é hijos, y al enviudar se hizo religioso, llegando á prior de la cartuja de Porta-Cœli, cerca de Valencia, y finalmente á superior de la Orden de los cartujos.

—Si no lo declararon santo, como á Maestro Vicente, fué sin duda por considerar que eran demasiados dos santos en una misma familia. Benedicto tuvo gran confianza en el talento y la lealtad del antiguo abogado, encargándole misiones peligrosas. Cuando se evadió del palacio de Aviñón disfrazado de fraile, el hábito que vestía era de Bonifacio Ferrer.

Reconoció el concilio de Perpiñán la legitimidad del Pontificado de Benedicto y nombró una comisión para que fuese á Pisa á protestar del carácter sedicioso de dicho concilio, no convocado por ningún Papa. Esta comisión llegó á su destino con una tardanza que no podía resultar más inoportuna. Sus individuos se vieron en peligro de muerte.

—El hombre del concilio de Pisa—continuó Borja—fué Pedro de Ailly, que había abandonado para siempre á Benedicto XIII. En realidad, dicho concilio resultó imponente por el número y la representación de sus individuos. Casi todos los cardenales de la obediencia de Roma y la obediencia de Aviñón figuraban en él. Además, todas las iglesias de Europa (menos las de España, Escocia y algunos Estados franceses del Sur) estaban representadas. También asistían los defensores armados de la cristiandad, el gran maestre de Rodas con diez y siete comendadores, los jefes de la Orden del Santo Sepulcro y de la Orden Teutónica, embajadores de casi todos los reyes, príncipes y repúblicas de Occidente y un número considerable de arzobispos y obispos.