El primer acto de la asamblea fué declarar contumaces á Gregorio XII y Benedicto XIII, exonerándolos del Pontificado. Luego se hicieron públicas las actas de acusación contra ellos.

Al Papa de Roma, cuyo reinado había sido breve, lo declaraban indigno por la rapacidad de su familia y sus intrigas para no perder la tiara.

Como Benedicto era de puras costumbres, se había abstenido de proteger escandalosamente á sus sobrinos y vivía con parquedad, no gastando más que el dinero propio ó el de las iglesias de España fieles á él, lo acusaron de unos delitos característicos de aquella época, que hacen sonreir.

El «Señor de Luna»—así le llamaban—era culpable de hechicería y de tratos con el demonio. Varios frailes y hasta obispos lo declararon, sin dar pruebas terminantes, precediendo sus afirmaciones siempre con un «se dice».

Según ellos, el Papa de Aviñón había mostrado una extraña indulgencia en favor de ciertos herejes, siendo su energía y su tenacidad obra de dos demonios que tenía á sus órdenes, tan pequeños ambos que los llevaba á todas partes metidos en una bolsita. Desde su advenimiento al solio pontificio había hecho buscar empeñadamente una obra de magia en tres tomos, encontrando al fin dos de ellos en España y comprando el tercero en tierra de mahometanos. Todas las noches se colocaba bajo la almohada estos volúmenes.

Había recompensado con un curato en la diócesis de Córdoba á cierto clérigo que le proporcionó otro libro compuesto por un judío, en el cual se demostraba el carácter mágico de los milagros de Jesús. Pero como Luna era nigromante inexperto, no sabía utilizar tales obras, y allá donde descubría magos, aunque estuviesen en la cárcel, los mandaba buscar para interrogarlos. Tenía tratos con un ermitaño que se gloriaba de darle finalmente las llaves de Roma merced al apoyo de tres demonios: «el dios de los vientos», «el príncipe de las sediciones» y «el descubridor de los tesoros ocultos».

Los brujos de Provenza le ayudaban para obtener una victoria decisiva sobre sus adversarios. El deán de Tours declaraba haber sorprendido en Porto-Venere á un caballero de San Juan de Jerusalén, de origen misterioso y luenga barba negra, muy favorecido por Benedicto, haciendo evocaciones mágicas para mejor servicio de su Pontífice. Al catalán Eximenis, ilustre escritor nombrado por el papa Luna patriarca de Jerusalén, lo acusaban de haber enseñado á éste el arte de interrogar á los demonios.

Francisco de Aranda, confidente fiel que le acompañó la noche de su fuga del palacio de Aviñón y le seguía á todas partes, era un hechicero irresistible que disponía á su gusto de las potencias infernales. Un monje de Florencia declaraba ante el concilio de Pisa que cierto nigromante florentino llamaba inútilmente á los espíritus en los últimos tiempos. Al fin se le aparecía uno para decirle que todos ellos estaban ocupadísimos y no podían acudir á sus requerimientos á causa de que Francisco de Aranda los había reunido en Génova para que sirviesen á Benedicto XIII. Durante la última permanencia de éste en Niza, un rayo había caído en una torre, cerca de su vivienda, y esto fué porque el Pontífice se hallaba ocupado en evocaciones mágicas. Finalmente, empleaban como testigo á la tempestad que se había levantado en el golfo de Génova cuando Benedicto estuvo en Italia por última vez. La tormenta iba siguiendo á sus galeras, pero á cierta distancia, lo que era demostración de que las potencias infernales le protegían en sus viajes.

Esta acusación grotesca fué leída con solemnidad ante el concilio, y á continuación sus venerables miembros desligaron al mundo cristiano de la obediencia «á Pedro de Luna y Angel Corario, llamados hasta ahora Benedicto XIII y Gregorio XII, por ser cismáticos notorios y endurecidos herejes».

Hubo grandes procesiones, repiques de campanas, y el pueblo de Pisa quemó en público un par de monigotes con mitras de pergamino, que representaban á los dos Pontífices depuestos.