Diez días después llegó á Pisa la embajada del Papa de Aviñón, nombrada por el concilio de Perpiñán. La muchedumbre la saludó con silbidos. Una docena de cardenales (no el concilio) se dignó recibirla en una iglesia. Bonifacio Ferrer, varón sencillo y leal, se admiró de lo poco que se preocupaban de Benedicto XIII tantos cardenales y prelados reunidos en Pisa que un año antes le eran adictos, debiéndole todas sus dignidades.

Cuando el orador de la embajada empezó su discurso, diciendo: «Somos los nuncios del Santísimo Padre el papa Benedicto XIII», se levantó tan espantosa gritería que le fué imposible hablar más.

Al salir no pudieron montar á caballo por temor de ofrecer demasiado blanco á los proyectiles del populacho. Pidieron salvoconducto para avistarse con el depuesto Gregorio XII, y el gobernador de Bolonia les contestó que si caían en sus manos los haría quemar vivos. Cuando regresaban á Cataluña, donde vivía Benedicto XIII, supieron que el concilio había creído realizar la unidad de la Iglesia nombrando un nuevo Papa, que sólo vivió once meses, Alejandro V.

Con éste resultaban tres los Pontífices, en vez de dos. Era todo lo que había conseguido la asamblea reunida en Pisa.

—Otro que no fuera Benedicto XIII se habría aterrado al escuchar el relato de sus embajadores, agredidos en todas partes, desalentados por su vencimiento; pero el octogenario Pontífice, avezado al combate, parecía crecerse á medida que se agrandaban los obstáculos. Lucharía contra el tercer Papa con la misma tenacidad que había combatido al segundo.

Entró solemnemente en Barcelona, rodeado de una gran pompa pontifical, como en sus mejores tiempos de Aviñón, á caballo y bajo palio, llevando las bridas de su corcel los personajes más importantes de Cataluña. Dictó excomuniones contra todos los cardenales de su obediencia, arzobispos y obispos, franceses ó italianos, que habían tomado parte en la elección de Pisa, y maldijo á los doctores de la Sorbona de París, «reunión de malvados que, loca y temerariamente, usurpa el nombre de Universidad».

Como si no se diese cuenta del vacío que se iba formando en torno á su persona por la traición de unos ó la muerte de otros, se dedicó en 1409 á escribir un libro demostrando que era el único Papa legítimo, obra que circuló en copias por toda Europa.

Este anciano invencible, olvidado de sus años, iba viendo caer á sus enemigos. Parecía que las leyes del tiempo no existiesen para él. Alejandro V moría antes de cumplir el año de su Pontificado, y el concilio de Pisa le nombraba un sucesor, Juan XXIII, hombre enérgico como Luna, pero de historia inaceptable en un Pontífice. La longevidad de Benedicto desafiaba la vida de sus contrincantes. Ya llevaba muertos ó gastados cuatro adversarios: Bonifacio IX, Inocencio VII, Gregorio XII y Alejandro V. El nuevo Papa, Juan XXIII, más joven que él, iba á caer igualmente antes de que Luna cediese su tiara.

Se mostró insensible á las deposiciones decretadas por sus enemigos. «Ningún cisma ha terminado con la abdicación del verdadero Papa», respondía á todos los requerimientos para que renunciase.

Una nueva desgracia le afligió, acogiéndola con serenidad inquebrantable. Mientras iba de un lado á otro defendiendo su tiara, la ciudad de Aviñón se había mantenido fiel á su obediencia. Rodrigo de Luna era Rector del condado con una guarnición de españoles. El rey de Francia, que había reconocido el Papa nombrado en Pisa, quiso tomar á Benedicto XIII su refugio de Aviñón, para que nunca pudiese volver, y una pequeña tropa, llevando al frente un trompeta, avanzó por el puente sobre el Ródano para notificar á los habitantes de la ciudad que debían abandonar al «Señor de Luna». Rodrigo cargó sobre el grupo de enviados y los hizo prisioneros, rompiendo la trompeta. Empezó después de este choque el sitio del palacio papal, que debía durar año y medio, no terminando hasta Noviembre de 1411.