Alvarez se estremeció escuchando aquellas palabras sencillas, que delataban una desesperación tranquila y un amor póstumo a toda prueba.

Los dos no tardaron en rendirse al sueño, y aquella noche Alvarez soñó que era pequeño, muy pequeño y que dormía abrazado a su padre, del cual apenas si se había acordado en mucho tiempo.

Más de un mes permaneció Alvarez en aquel escondite, haciendo la vida ordenada por don Pedro.

Este no sólo le llevaba la comida a su huésped, sino que abandonaba su cajón y corría todo Madrid para cumplir los encargos que le hacía Alvarez.

A pesar de las precauciones que tomaban los vencidos, ocultos en Madrid, don Pedro, siguiendo las indicaciones del capitán, pudo ir enterándose de cuál había sido la suerte de cada uno.

Alvarez, seguro de su escondite, no tenía prisa en huir, convencido de que cuanto más tardase en salir de Madrid, menos obstáculos tendría que salvar en su fuga.

El embajador de Inglaterra, que había ya arreglado la escapatoria a los principales comprometidos en la revolución, era el encargado de facilitarle los medios de huída.

La Policía andaba muy escamada, según decía don Pedro, que ahora hablaba más frecuentemente con el vecino polizonte, y había que esperar a que se presentase una ocasión oportuna.

Una dama inglesa, que había venido a España muy recomendada al embajador, con el sólo objeto de ver corridas de toros y pintar en su cuaderno de acuarelas algunas cabezas de gitanos, fué la que se encargó de salvar al revolucionario.

Propúsole el embajador a la romántica miss que al regresar a Inglaterra llevara hasta la frontera de Francia, en calidad de criado, a un capitán español condenado a muerte, y la descendiente de Ofelia aceptó, encontrando la aventura muy novelesca y propia para causar sensación en los salones de Londres.