Don Pedro, que servía para todo, afeitó a su protegido concienzudamente, le ayudó a vestirse un traje que había comprado el día antes, y Alvarez quedó convertido en el tipo perfecto de esos criados elegantes y respetables que constituyen la aristocracia de la domesticidad.

Aquella misma noche, a fines del mes de agosto, el revolucionario, llevando el saco de noche en la enjuta y huesuda miss, que le precedía, atravesó el salón de espera y el andén de la estación del Norte, pasando por entre la Policía que vigilaba atentamente a los viajeros.

Don Pedro, sonriendo como un angel, contemplaba la escena desde un extremo de la estación, y cuando el tren partió, lanzó un suspiro de satisfacción acompañado de unas cuantas carcajadas.

¡Je, je! ¡Cómo se la habían pegado al Gobierno y a su vecino el cabo de Policía!

De este modo salió Esteban Alvarez de aquel levantamiento tan heroico como infortunado.

Al llegar a París se despidió de su protectora inglesa, que en todo el viaje no le había dirigido media docena de palabras, limitándose a mirarle descaradamente a través de su monóculo, con la misma insistencia que si fuese un bicho raro.

Los primeros días de estancia en París fueron insoportables para el emigrado. Se hallaba completamente solo y todo traía a su memoria el recuerdo de su asistente, de su fiel Perico, que había sido en aquellos lugares su inseparable compañero.

Ignoraba cuál había sido su suerte desde que el pobre muchacho le abandonó en la calle de Lope de Vega para hacer más fácil la huída de su amo.

Creía unas veces que estaría sano y salvo en Francia y hacía pesquisas para encontrarlo, pero ningún compañero de emigración había oído hablar de él y se ignoraba cuál había sido su suerte.

Al mes de emigración la ansiedad experimentada por el capitán era tan grande, que resolvió escribir a su amigo el vizconde preguntándole por Perico. Envió la carta al Casino donde pasaba la vida el vizconde y no puso su firma, pues sabía que el Gobierno era maestro en el arte de leer la correspondencia sospechosa, sin detenerla, y él no quería comprometer a su amigo. Limitábase a preguntar qué era de Perico, y consignaba la dirección que debía dar a su repuesta.