Pimentó soltó su acusación. Aquel hombre que estaba junto á él, tal vez por ser nuevo en la huerta, creía que el reparto del agua era cosa de broma y que podía hacer su santísima voluntad.

Él, Pimentó, el «atandador» que representaba la autoridad de la acequia en su partida, había dado á Batiste la hora para regar su trigo: las dos de la mañana. Pero sin duda, el señor, no queriendo levantarse á tal hora, había dejado perder su turno, y á las cinco, cuando el agua era ya de otros, había alzado la compuerta sin permiso de nadie (primer delito), había robado el riego á los demás vecinos (segundo delito) é intentado regar sus campos, queriendo oponerse á viva fuerza á las órdenes del «atandador», lo que constituía el tercero y último delito.

El triple delincuente, volviéndose de mil colores é indignado por las palabras de Pimentó, no pudo contenerse:

—¡Mentira y recontramentira!

El tribunal se indignó ante la energía y la falta de respeto con que protestaba aquel hombre.

Si no guardaba silencio, se le impondría una multa. Pero ¡gran cosa eran las multas para su reconcentrada cólera de hombre pacífico! Siguió protestando contra la injusticia de los hombres, contra el tribunal, que tenía por servidores á pillos y embusteros como Pimentó.

Alteróse el tribunal; las siete acequias se encresparon.

—¡Cuatre sòus de multa![9]—dijo el presidente.

Batiste, dándose cuenta de su situación, calló asustado por haber incurrido en multa, mientras sonaban al otro lado de la verja las risas y los aullidos de alegría de sus contrarios.

Quedó inmóvil, con la cabeza baja y los ojos empañados por lágrimas de cólera mientras su brutal enemigo acababa de formular la denuncia.