—Parle vosté—le dijo el tribunal.
Pero en las miradas de los jueces se notaba poco interés por este intruso alborotador que venía á turbar con sus protestas la solemnidad de las deliberaciones.
Batiste, trémulo por la ira, balbuceó, no sabiendo cómo empezar su defensa, por lo mismo que la creía justísima.
Había sido engañado; Pimentó era un embustero y además su enemigo implacable. Le había dicho que su riego era á las cinco (se acordaba muy bien), y ahora afirmaba que á las dos; todo para hacerle incurrir en multa, para matar unos trigos en los que estaba la vida futura de su familia ... ¿Valía para el tribunal la palabra de un hombre honrado? Pues esta era la verdad, aunque no podía presentar testigos. ¡Parecía imposible que los señores síndicos, todos buenas personas, se fiasen de un pillo como Pimentó!...
La blanca alpargata del presidente hirió una baldosa de la acera, conjurando el chaparrón de protestas y faltas de respeto que veía en lontananza.
—Calle vosté.
Y Batiste calló, mientras el monstruo de las siete cabezas, replegándose en el sofá de damasco, cuchicheaba preparando la sentencia.
—El tribunal sentènsia ...—dijo la acequia más vieja; y se hizo un silencio absoluto.
Toda la gente de la verja mostraba en sus ojos cierta ansiedad, como si ellos fuesen los sentenciados. Estaban pendientes de los labios del viejo síndico.
—Pagará el Batiste Borrull dos lliures de pena y cuatre sòus de multa[10].