Esparcióse un murmullo de satisfacción en el público, y hasta una vieja empezó á palmotear, gritando «¡vítor! ¡vítor!», entre las risotadas de la gente.

Batiste salió ciego del tribunal, con la cabeza baja, como si fuera á embestir, y Pimentó permaneció prudentemente á sus espaldas.

Si la gente no se aparta, abriéndole paso, seguramente hubiese disparado sus puños de hombre forzudo, aporreando allí mismo á la canalla hostil.

Inmediatamente se alejó. Iba á casa de sus amos á contarles lo ocurrido, la mala voluntad de aquella gente, empeñada en amargar su existencia; y una hora después, ya más calmado por las buenas palabras de los señores, emprendió el camino hacia su casa.

¡Insufrible tormento! Marchando junto á sus carros cargados de estiércol ó montados en sus borricos sobre los serones vacíos, encontró en el hondo camino de Alboraya á muchos de los que habían presenciado el juicio.

Eran gentes enemigas, vecinos á los que no saludaba nunca.

Al pasar él junto á ellos, callaban, hacían esfuerzos para conservar su gravedad, aunque les brillaba en los ojos la alegre malicia; pero según iba alejándose, estallaban á su espalda insolentes risas, y hasta oyó la voz de un mozalbete que, remedando el grave tono del presidente del tribunal, gritaba:

—¡Cuatre sòus de multa!

Vio á lo lejos, en la puerta de la taberna de Copa, á su enemigo Pimentó, con el porrón en la mano, ocupando el centro de un corro de amigos, gesticulante y risueño, como si imitase las protestas y quejas del denunciado. Su condena era un tema de regocijo para la huerta. Todos reían.

¡Rediós! Ahora comprendía él, hombre de paz y padre bondadoso, por qué los hombres matan.